Fue un gobierno a la deriva, pero un show con gran audiencia
El 2 de octubre no se olvida, aunque se nos repita miles de veces que ahora vivimos en un país distinto. El tiempo ha pasado, los políticos son otros y sus modos son diferentes: la realidad, a casi 60 años de distancia de la tragedia de Tlaltelolco, sigue siendo la de un ...
El 2 de octubre no se olvida, aunque se nos repita miles de veces que ahora vivimos en un país distinto. El tiempo ha pasado, los políticos son otros y sus modos son diferentes: la realidad, a casi 60 años de distancia de la tragedia de Tlaltelolco, sigue siendo la de un país que sufre mientras trata de curar sus heridas pasadas y recientes.
Heridas que no han cicatrizado, y que muy probablemente no habrán de hacerlo nunca. Las atrocidades no sólo se incrementaron en el gobierno obradorista, sino que aumentaron su violencia; los campos de exterminio son ahora noticia cotidiana, mientras que las cifras de desaparecidos han aumentado exponencialmente. El crimen organizado se infiltró en las esferas más altas del gobierno y la política –donde ocurrían los casos de los que siempre se enteraba el presidente, según sus propias palabras– y, muy pronto, quienes llegaron al poder con un discurso lleno de ideales y pobreza franciscana habrían de olvidar lo que no pasó de ser meras promesas de campaña.
Las madres buscadoras jamás fueron recibidas; las colectivas y movimientos sociales, a su vez, en poco tiempo serían olvidadas. El expresidente nunca tuvo –en realidad– la voluntad para resolver el caso Ayotzinapa, sino que supo aprovecharlo al hacerlo parte integral de su narrativa: en cuanto López Obrador llegó al poder se terminaron los pases de lista, y el Ejército –contra el que antes despotricaba– se convertiría en su mejor aliado. Mientras tanto, los 43 estudiantes normalistas siguen sin aparecer; las investigaciones de la 4T no han arrojado información relevante alguna, y la única novedad es que, tras la entrada en vigor de la Reforma Judicial, José Luis Abarca fue absuelto hace unos días de la causa criminal que le imponía una condena de más de 92 años en prisión. Vidulfo Rosales –quien fuera abogado y representante de los padres de familia de los 43 desaparecidos–, ahora cobra un salario como asesor en la SCJN. Las protestas de este año no son casuales.
Siembra vientos y cosecharás tempestades. Andrés Manuel López Obrador convirtió a su presidencia en un show matutino de variedades, en el que lo mismo se hacían complacencias musicales que se mandaban mensajes políticos. Un show basado en los “otros datos” de su conductor y las ocurrencias del día, que no en resultados palpables de gobierno; una Presidencia cuyo equipo cercano no supo de límite alguno, y cuyas trapacerías apenas ahora comienzan a develarse. Un gobierno a la deriva, pero un show con gran audiencia: una Presidencia en la que tanto quienes fueren su jefe de Oficina y el secretario de Gobernación ahora son investigados por vínculos con el crimen organizado, pero cuya popularidad nunca estuvo por debajo de 50%.
El 2 de octubre no se olvida, aunque se repita miles de veces lo contrario. Como no se olvidarán Ayotzinapa, Teuchitlán ni Tlahuelilpan. Tampoco los muertos de la pandemia, los migrantes que murieron quemados o las decenas de miles de desaparecidos. Como no se olvidará pronto el escándalo del huachicol, el ecocidio en el Tren Maya o las visitas regulares a Badiraguato. Comete un error el oficialismo al seguir culpando a Calderón y García Luna por las equivocaciones del gobierno obradorista, después de haber estado seis años en el poder; comete un error aún más grande la oposición al seguir especulando sobre una posible ruptura entre administraciones, sobre todo cuando lo que parece esperar es más un acto de contrición que un cambio de rumbo. Un cambio que ya está ocurriendo, por la razón que sea, y del que se están quedando fuera.
