Es imposible dorar la píldora tanto tiempo
A A. “No hay para dónde hacerse”, afirmaba enfático el Presidente de la República, el 9 de junio de 2020. “Se necesita la definición, y van cayendo las máscaras. Y va apareciendo lo que somos: eso es muy bueno, hacer a un lado ...
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“No hay para dónde hacerse", afirmaba —enfático— el Presidente de la República, el 9 de junio de 2020. “Se necesita la definición, y van cayendo las máscaras. Y va apareciendo lo que somos: eso es muy bueno, hacer a un lado la simulación. Hay quienes quisieran que la política no fuera maniquea, de blanco y negro, pero en épocas de transformación es necesario que se den las definiciones…".
Es momento de definiciones, en efecto. La invasión —que no guerra— realizada por Rusia, en contra de Ucrania, es una violación flagrante al derecho internacional que ningún país democrático podría justificar ni, mucho menos, apoyar. No hay para dónde hacerse, decía el Presidente, y hoy tiene razón: ha llegado el momento en que su gobierno, que ha coqueteado con los regímenes más autoritarios del mundo, tome definiciones.
Definiciones que requieren de más que una “enérgica condena”, o que seguir apelando a una ridícula “doctrina Estrada” que sólo se utiliza para lavarse las manos cuando se trata de los gobiernos aliados del régimen. “Los liberales moderados no son más que conservadores más despiertos”, ha expresado el Presidente en referencia a las palabras de Melchor Ocampo: en el momento actual no se trata de una lucha decimonónica entre liberales y conservadores, sino del enfrentamiento entre el autoritarismo y la libertad. ¿Con quién se alineará el gobierno de México? ¿Con Putin, y los gobiernos autocráticos que lo respaldan, o con Europa y el mundo occidental?
¿Con quién estamos, y hacia dónde nos dirigimos? El país que López Obrador pretende construir apuesta a un modelo que ha sido rebasado por los hechos, y que sólo ha cosechado fracasos en los países por los que ha circulado: hoy, como nunca, es más que evidente que ni Venezuela ni Ecuador ni Bolivia ni ninguno de los países que se han embarcado en el llamado “Socialismo del Siglo XXI” ha sido capaz de elevar el nivel de vida de su población. ¿Cuál de esos países, si no, sería nuestro ejemplo a seguir?
En nuestro gobierno, más de lo mismo. Las obras emblemáticas del sexenio —a las que hemos dedicado todos nuestros recursos— no servirán de nada en el futuro; las políticas públicas que impulsa la administración en funciones nos están aislando de la escena internacional, mientras que siguen engañando a los más pobres con el discurso de “la herencia de los anteriores”. Los periodistas son perseguidos, la corrupción en el entorno presidencial se justifica por razones de Estado; los muertos por la inseguridad se acumulan, el responsable del manejo de la pandemia sigue negando —categórico— la vacunación a los niños…
“Hay quienes quisieran que la política no fuera maniquea, de blanco y negro, pero en épocas de transformación es necesario que se den las definiciones”, decía el Presidente sin esperar que —como siempre— sus palabras habrían de alcanzarlo en poco tiempo. México es un país estratégico por su situación geográfica, cuya inestabilidad política lo ha convertido en un bocado siempre apetecible para las grandes potencias, quienes han sabido corromper a sus gobernantes en la búsqueda de sus propios intereses. El gobierno en funciones nos prometió algo diferente, sin embargo: algo que, ahora, se dirige al precipicio.
Las definiciones son necesarias, y la alineación del gobierno mexicano con los intereses del Grupo de Puebla, y el Foro de Sao Paulo, es —en sí misma— una definición que tendrá que ser aclarada lo antes posible, para que todo el mundo sepa en qué aguas se mueve nuestro gobierno: tanto con Europa, como con EU, no es posible hablar de democracia, ni de respeto a los derechos humanos, sin practicarlo antes en casa; no es posible hablar de democracia, cuando se persigue a los opositores; no es posible esperar los beneficios de un tratado comercial mientras que se opera, en lo regional, en contra de quienes son nuestros supuestos aliados. Es imposible —en pocas palabras— dorarle la píldora, tanto tiempo, a todo el mundo. ¿Con quién está el gobierno mexicano?
