En el medio, queda México
El gran prestidigitador ataca de nuevo. “Tuvimos una cena anoche. Te lo dije, te sentaste a un lado de mi esposa, estuviste tan cautivador que me estaba preocupando que le gustaras más que yo”. Sonrisas bobas, elogios mutuos, y la solidaridad de nuestro país con un ...
El gran prestidigitador ataca de nuevo. “Tuvimos una cena anoche. Te lo dije, te sentaste a un lado de mi esposa, estuviste tan cautivador que me estaba preocupando que le gustaras más que yo”. Sonrisas bobas, elogios mutuos, y la solidaridad de nuestro país con un problema del vecino que no nos corresponde. “No podría haber tenido un mejor socio que usted”, afirmó el mandatario estadunidense: ¿dónde quedó la bolita?
Todos los imperios desaparecen; algunos, sin embargo, resurgen con fuerza. Y con buena memoria, sobre todo cuando las heridas no han cicatrizado. Se conoce como “guerras del opio” a la sucesión de conflictos armados que China tuvo que enfrentar, hace menos de 200 años, para frenar el tráfico ilegal de estupefacientes a su país: en aquellos tiempos los narcotraficantes eran ingleses, y contaban con el respaldo militar de la corona británica. El consumo del opio fue prohibido en China, pero el trasiego no se detuvo: la destrucción de un cargamento de droga, en 1839, no fue más que el primer pretexto para una serie de ofensivas a las que se terminaría sumándose Francia y que sería el comienzo de lo que ahora se conoce como el Siglo de la Humillación.
El Siglo de la Humillación es el periodo de tiempo transcurrido entre 1846, tras el final de la Segunda Guerra del Opio, y 1949, cuando se consumó el ascenso del Partido Comunista al poder. Un siglo de miseria, que resultó en el fin de la dinastía reinante y la aceptación de tratados inaceptables que le restarían a la nación soberanía y territorio: el acuerdo de aquel entonces sobre Hong Kong terminó hace muy poco más de 25 años, y la disputa sobre Taiwán es un tema prioritario ahora mismo. El Siglo de la Humillación sigue presente en la memoria de cada uno de los chinos, quienes ahora se enorgullecen de la posición dominante que ocupan en el tablero geopolítico mundial: las lecciones han sido aprendidas, el enemigo está debilitado, y ahora tienen la sartén por el mango. Algunos imperios resurgen con fuerza, sin duda.
Todos los imperios desaparecen, sin embargo. La crisis del fentanilo no terminará durante el periodo del presidente Biden, pero tampoco podrá ser resuelta por quien le suceda a menos que esté dispuesto a tomar medidas draconianas similares a las adoptadas, en su momento, por los regímenes más criticados por el american way of life. La Primera Guerra del Fentanilo se encuentra en sus primeros escarceos, y el Siglo de la Humillación norteamericana podría comenzar con el retorno del expresidente Trump y su visión de cortísimo e inmediato plazo. La batalla está en curso, y nosotros estamos en medio: la invasión, en los hechos, ha comenzado por el patio trasero.
“Aquí nosotros no producimos fentanilo, y nosotros no tenemos consumo de fentanilo. Y lamentamos mucho lo que está pasando en Estados Unidos”, ha señalado el gran prestidigitador en su acto de cada mañana. El mandatario sabe de la crisis que se cocina, aunque eluda su responsabilidad porque no tendrá que enfrentarla: a quien resultó ser —a final de cuentas— tan sólo el intendente del patio trasero, no le importa que todo se derrumbe con tal de aparecer en los libros de historia. Los mismos libros que sus lacayos, por cierto, ya preparan.
Biden tuvo el momento, tuvo la oportunidad. Lo pudo haber arrinconado, pero el gran prestidigitador fue más hábil, sin embargo: “Tuvimos una cena anoche. Te lo dije, te sentaste a un lado de mi esposa, estuviste tan cautivador que me estaba preocupando que le gustaras más que yo”. Las sonrisas bobas, los elogios mutuos, las civilizaciones cuyo declive se acelera gracias a la extraña coincidencia de un seductor sin escrúpulos y un inepto redomado. “No podría haber tenido un mejor socio que usted”, afirmó, con una sonrisa. Los chinos y sus distribuidores, cabe decir, tampoco. En el medio, queda México.
