El tiempo es hoy

A mis hijas. Todo parecía normal aquel domingo por la mañana. Berlín se desperezaba como en un día cualquiera, sin que sus habitantes o el resto del mundo pudieran advertir la relevancia, y las repercusiones, de lo que en aquellos momentos se estaba gestando. Era el 13 ...

A mis hijas.

Todo parecía normal aquel domingo por la mañana. Berlín se desperezaba como en un día cualquiera, sin que sus habitantes —o el resto del mundo— pudieran advertir la relevancia, y las repercusiones, de lo que en aquellos momentos se estaba gestando. Era el 13 de agosto de 1961.

Los trabajos habían comenzado unas horas antes, al amparo de la noche. Las maquinarias destruyeron las calles que conectaban los dos lados de la ciudad: los soldados colocaron barreras provisionales, y tendieron alambre de púas con la orden específica de tirar a matar a a cualquiera que intentara cruzar la frontera. Los gobiernos occidentales decidieron no intervenir, y unos días más tarde comenzaría a levantarse la siniestra estructura de concreto que marcó la segunda mitad del siglo XX. Los efectos fueron inmediatos, y las consecuencias serían devastadoras: más allá de la tragedia personal para los cientos de miles de berlineses, cuyas vidas se trastocaron por una decisión política, el Muro de Berlín representaría —sin duda— la gran derrota de la razón frente al autoritarismo.

Ese día cambió el mundo. El muro marcaría la división no sólo entre los habitantes de una ciudad cualquiera, sino la brecha insalvable entre dos maneras distintas de entender la realidad y plantear el futuro concreto. Al final de todo, sólo ganarían unos cuantos: los políticos de ambos bandos supieron infundir el miedo entre la población, y lo utilizaron para sus propios fines a lo largo de varias décadas; la carrera armamentista se disparó como nunca antes, y el gasto interminable en material bélico consolidaría fortunas que al día de hoy no sólo prevalecen, sino que siguen tomando decisiones en la sombra. Los tiempos de la Guerra Fría fueron una desgracia para la población en general, pero resultaron ser una oportunidad inigualable para quienes supieron aprovecharla.

Todo parece normal este lunes por la mañana. México se despereza como en un día cualquiera, sin que sus habitantes —o el resto del mundo— seamos capaces de advertir la relevancia, y las repercusiones, de lo que en estos momentos está ocurriendo. El segundo periodo de Donald J. Trump en la Presidencia de EU es un parteaguas no sólo para su propia nación, sino para el mundo entero, y en particular para nuestro país: la ofensiva en contra de la inmigración ilegal, y de las organizaciones ligadas al crimen organizado, terminará por romper los equilibrios de poder legales y —sobre todo— fácticos existentes hasta el momento.

El día de hoy cambiará el mundo: nuestra realidad, sin lugar a dudas, será distinta por completo en unos cuantos días. De nada servirán las palabras, si no vienen acompañadas por acciones: de nada servirán las conferencias de prensa, los adjetivos, las cifras, cuando se vive una tragedia humanitaria incontestable en las comunidades de la frontera. De nada servirán tampoco las estrategias grandilocuentes y cargadas de nacionalismo, como la presentada hace unos días para enfrentar una amenaza que apenas se intuye: lo que suceda a partir de hoy, tras los anuncios del norteamericano —y las acciones correspondientes— sólo demostrará una vez más que ningún plan de batalla, por bien planteado que sea, sobrevive al primer combate con el enemigo.

La Presidenta enfrenta un reto descomunal: el mayor, quizá, que haya podido enfrentar cualquier mandatario mexicano en el último siglo. El México del pasado se definió hasta el día de ayer: el México del futuro se define en los momentos que ahora transcurren. México enfrenta un reto descomunal, entre los aspavientos de una oposición irrelevante y los manotazos de un gobierno ensoberbecido, que muy pronto se verá obligado a cambiar de rumbo: el discurso de polarización, que demostró ser suficiente para llegar al poder, jamás lo será para ejercer un buen gobierno. México necesita soluciones distintas, que —con absoluta certidumbre— no se encontrarán siguiendo las indicaciones de cualquier caudillo tropical oculto en alguna oscura oficina anexa. El tiempo, a final de cuentas, es hoy.

Temas:

    X