El regalo de despedida
Es mucho lo que se juega en la elección norteamericana del próximo 5 de noviembre. Los tambores de la guerra resuenan con estruendo, mientras que el fantasma del autoritarismo recorre el mundo una vez más: en los tiempos que vivimos, la victoria de Donald Trump no ...
Es mucho lo que se juega en la elección norteamericana del próximo 5 de noviembre. Los tambores de la guerra resuenan con estruendo, mientras que el fantasma del autoritarismo recorre el mundo una vez más: en los tiempos que vivimos, la victoria de Donald Trump no representa tan sólo una alternancia normal entre republicanos y demócratas, sino la viabilidad misma de lo que —hasta hoy— conocemos como civilización occidental.
Las estrategias se preparan con el calendario en una mano, y la calculadora en la otra: los demócratas lo saben de sobra, y han demostrado estar dispuestos a luchar por el objetivo que se han fijado a pesar de los costos necesarios. El sacrificio de Joe Biden no fue tan sólo un trago amargo para el presidente norteamericano, sino la manifestación irresoluta del compromiso con la causa que, tanto él como su equipo, sustentan. Una causa que se entiende superior a la de sus propias ambiciones: una batalla que, sin duda, saben que debe ganarse.
El país está peor que hace cuatro años, ha repetido innumerables veces el candidato republicano a lo largo de su campaña; “muy mal”, insiste su compañero de fórmula cuando señala los errores de la administración en turno mientras evoca sus tragedias familiares. La nueva dupla del Partido Demócrata ha logrado traer frescura a la contienda, en cambio, y ha sido capaz de despertar una esperanza que apenas hace unas semanas parecía perdida por completo, pero ya no: los cambios pertinentes fueron hechos, y el arma secreta —por fin— ha sido preparada. El regalo de despedida está envuelto, y la prosecutor le acaba de poner un moño. Es mucho lo que se juega en la elección del 5 de noviembre, y los demócratas parecen dispuestos a ganar aún a pesar de los costos necesarios: la detención de Joaquín Guzmán e Ismael Zambada no sólo fue una operación quirúrgica en su ejecución, sino estratégica y crucial para los fines de la campaña del Partido Demócrata.
Las estrategias se preparan con el calendario en una mano, y la calculadora en la otra: en política no existen casualidades, sino meras coincidencias sospechosas. En esta ocasión las fechas se alinearon, por casualidad: el primer debate presidencial se realizará el próximo 10 de septiembre, mientras que la audiencia inicial del Mayo Zambada tendrá lugar un día antes; la de Guzmán López, por su parte, coincidirá con el último día del mandato del actual presidente en funciones. Cuando no pueda responder, cuando se esté despidiendo; cuando no tenga una mañanera para contestar, al día siguiente.
México dejó de ser un aliado, en este sexenio, para convertirse en un factor de riesgo real: desde hace meses no hemos sido más que un mero argumento para las campañas en turno. El arresto de los mexicanos ocurrió —casualmente— cuando más convenía a los demócratas, y habrá de convertirse en elemento central al cierre del proceso: el regalo está bien envuelto, y en su interior contiene mucho más que dos pájaros caídos por el mismo disparo. El mundo cambió desde hace tiempo, y está a punto de dar una voltereta más: es mucho lo que está en juego, y el aparato del Partido Demócrata no desaprovechará la oportunidad única de dar un golpe brutal en el tablero para mantener el control en su propia casa, al tiempo que limpia —por fin— el desorden en el patio trasero.
Un patio trasero que no sólo está lleno de la basura del intendente en funciones, sino de la que han generado sus amigos más impresentables. La información requerida por el gobierno mexicano no ha llegado todavía, pero se sabrá muy pronto: el gobierno norteamericano prepara un regalo de despedida para quien, además de su vecino, ha sido su principal socio comercial. La estrategia de Jeffrey Lichtman, abogado de los tres Guzmán sometidos a proceso, ha señalado siempre que los cárteles responden a una autoridad superior, gubernamental: en unos cuantos días habremos de saber, por fin, de quienes han estado hablando. Todo, todo absolutamente, habrá de cambiar muy pronto.
