El Presidente no es tan fuerte

Probablemente nunca sepamos qué fue lo que sucedió durante las horas en que la falta de comunicación sobre la salud del Presidente de la República llevó, a muchos, a especular sobre su posible fallecimiento. Lo que estamos averiguando, ahora, es el alcance de las ...

Probablemente nunca sepamos qué fue lo que sucedió durante las horas en que la falta de comunicación sobre la salud del Presidente de la República llevó, a muchos, a especular sobre su posible fallecimiento. Lo que estamos averiguando, ahora, es el alcance de las decisiones que tomó cuando logró atisbar lo que ocurriría, al interior de su movimiento, en su ausencia.

El caos absoluto. Las divisiones, los pleitos intestinos. Las lealtades que se negocian por migajas, el tamaño real de quienes, hasta entonces, consideraba como más cercanos. El regocijo de los enemigos, que no deja de lastimar; la confusión entras sus partidarios, que pone en entredicho su legado. La devoción de la gente, y la importancia de una conferencia matutina insustituible; la debilidad de sus corcholatas, y la necesidad urgente de transmitirles, de alguna manera, la popularidad de la que goza.

El titular del Ejecutivo regresó de su padecimiento —literalmente— cargado de adrenalina, y los manotazos en la mesa que siguieron marcarán un hito en la triste historia de su gestión. Primero, convocó a los gobernadores a una reunión sobre la que no se conocerían mayores detalles; después, llamaría a su bancada en el Senado para una sesión, inédita y extraordinaria, que arrojaría como resultado la genuflexión —y virtual suicidio político— de quien alguna vez se atrevió a considerarse como su principal opositor interno. “Prefiero ser nada antes que oponerme al Presidente”, afirmó quien renunciaba a sus sueños; el mandatario, mientras tanto, urdiría los planes para concentrar aún más el poder que aún le resta, y adelantar —inesperadamente— sus planes sucesorios.

El Presidente no es tan fuerte, y él mismo lo sabe de sobra. No es tan fuerte como dicen las encuestas; no lo es tanto, ni remotamente, como suponen sus adversarios. La salud del mandatario está menguada, tanto en lo físico como en lo mental, y aunque la ley lo permitiera no sería capaz de resistir otro periodo igual, con el mismo ritmo. Su gestión no entregará un país mejor, y su manera de justificarlo sólo hace más evidente el declive en su raciocinio: en algún momento, muy pronto, la gente se cansará de haber elegido el bando de quienes glorifican la pobreza mientras que viven como aquellos magnates que dicen odiar.

La polarización que ha desatado no es una broma, y el escrutinio constante a su familia —y círculo más cercano— seguirá siendo, sin duda, la nota principal para los más crueles de sus adversarios: no deja de ser lamentable que, tras la difusión de una nota falsa, uno de sus vástagos se haya visto obligado a brindar una “prueba de vida” para demostrar que no salió huyendo de las investigaciones periodísticas en su entorno. Investigaciones que lo señalan a él, a su hermano, a sus tíos; la presión aumentará conforme la elección se acerque y la información comience a fluir sin cortapisas. ¿Cuánto aguantará la familia?

El Presidente apostará al odio, como la única salida que conoce, aun a riesgo de incendiar el país: lo que vendrá, de hoy en adelante, será el momento más difícil del sexenio. El preámbulo —también— del sexenio más complicado de la historia, en el que cosecharemos las tempestades de los vientos que hoy estamos sembrando. El rencor no justifica la miseria; el rencor, tampoco, justifica la división entre nosotros para el provecho de unos cuantos. El mandatario apostará al odio, como la única salida que conoce; los políticos profesionales, en tanto les convenga, también. Los oportunistas, por lo pronto, ya explotan el lenguaje de la extrema derecha: el riesgo, ahora, es que alguno se lo tomará en serio.

Probablemente no sepamos jamás qué fue lo que ocurrió durante las horas en que el Presidente estuvo ausente, pero las decisiones tomadas ya están en curso. El mandatario es un hombre senil, que enfrenta sus miedos tomando un salto al vacío con una sucesión adelantada que no podrá controlar: el movimiento está vigente, pero su partido se desmorona; la popularidad no se transmite, los excesos no podrán esconderse. El Presidente no es tan fuerte, en realidad.

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