El patio trasero del Bienestar

El Presidente trata de aparentar que mantiene el control, aunque su gobierno se haya convertido en una cáscara de nuez que se debate en una tempestad que no alcanza a comprender. Las crisis históricas no suceden de un momento a otro, sino que son el resultado de una ...

El Presidente trata de aparentar que mantiene el control, aunque su gobierno se haya convertido en una cáscara de nuez que se debate en una tempestad que no alcanza a comprender. Las crisis históricas no suceden de un momento a otro, sino que son el resultado de una serie de acontecimientos que, si no son atendidos de manera correcta, terminan por romper los delicados tensores del poder: una serie de acontecimientos, sin más, como la que estamos viviendo.

La crisis está en marcha, y terminará con el proyecto de un capitán que desperdició su momento y prefirió apostar por la popularidad en el corto plazo, pensando —tal vez— que sería suficiente para que le fueran perdonados sus errores en un futuro que, de cualquier modo, no esperaba contemplar. El mandatario se ha dedicado a perseguir sus propios molinos de viento, conservando el apoyo popular gracias al pan y circo con el que manipula a los más pobres, tal y como lo admitió, con crudeza, en días recientes: en las últimas semanas —y aunque siga perdido en los libros de caballería de sus encuestas y otros datos— los tensores del poder, al fin, terminaron de resquebrajarse.

La soberbia del Presidente lo rompió todo, y el principio del fin comenzó cuando la ciudadanía tuvo que tomar las calles para defender la democracia, en noviembre pasado: el mandatario no supo responder, y terminó de perder a la clase media. El siguiente episodio ocurrió en diciembre, cuando no supo responder ante el atentado a uno de los periodistas más reconocidos del país, e irresponsablemente prefirió doblar la apuesta: en ese momento terminó por perder a una prensa con demasiadas facturas pendientes. El intento descarado de imposición en la SCJN; la polémica en torno al trámite más elemental para cualquier profesionista, y la ridícula defensa emprendida aun a costa del desprestigio de la Corte —y de la propia UNAM— le costaron el apoyo de una buena parte de la comunidad universitaria: la detención del heredero de uno de los cárteles cuya sede ha visitado en numerosas ocasiones, y a los que ha favorecido —en los hechos— al menos con obras de infraestructura, le costará el apoyo de unos poderes fácticos que, ahora, saben que en cualquier momento pueden ser traicionados. El respaldo a una candidata mediocre, sin personalidad y sin resultados, que no ha dudado en hacer trampas en un proceso diseñado ex profeso para favorecerla, le habrá de costar el apoyo de su propio partido.

Una candidata —además— cuya gestión pública ha cobrado, ya, demasiadas vidas. Las víctimas del terremoto la perseguirán por siempre: los saldos de la ivermectina, también. Una administración que se resume en cifras: los feminicidios, las desapariciones; el narcomenudeo, el caos vehicular de todos los días. La falta de empatía, la ausencia de propuestas: los espectaculares con una silueta hueca, y la burla a quienes exigen un piso parejo. La crisis histórica de este sexenio está en marcha y, si bien los programas sociales han sido suficientes para mantener a la población tranquila, en el corto plazo, la mala gestión gubernamental no sólo hace imposible vislumbrar un futuro mediato viable, sino que se ha convertido en un riesgo constante para cualquier ciudadano. Los programas sociales son, sin duda, el mayor triunfo del Presidente en funciones: su soberbia y declive mental, aunados a la falta de capacidad de sus colaboradores, se han convertido, en cambio, en el mayor obstáculo para la nación.

Los equilibrios de poder han cambiado: en tales condiciones, y con un mandatario débil —pero soberbio— comienza una semana cuyas repercusiones trascenderán, sin duda, los límites del sexenio. ¡Oye, Trump!, gritaba el Presidente cuando apenas era candidato: vengan los 30 mil deportados al mes, acepta el mandatario con tal de que aterricen en su aeropuerto. México siempre quiso ser más que un mero patio trasero: el presidente López, visionario y transformador, nos convirtió en un patio trasero del Bienestar.

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