El enemigo de la democracia
Feliz cumpleaños, Robin.Los naufragios ocurren cuando el capitán pierde el rumbo. El Presidente que no entiende lo que es la empatía ha cometido el error más grave del sexenio, y se metió en un callejón sin salida que no sólo ...
Feliz cumpleaños, Robin.
Los naufragios ocurren cuando el capitán pierde el rumbo. El Presidente que no entiende lo que es la empatía ha cometido el error más grave del sexenio, y se metió en un callejón sin salida que no sólo marcará la última parte de su mandato, sino que definirá la forma en que su periodo será recordado.
El juicio de la historia será implacable, y lo que vivimos será la culminación del oscuro episodio en el que un Presidente que fue capaz de enamorar a un país, como ningún otro, también lo fue de decepcionarlo —al mismo grado— en tan sólo cuatro años. El Presidente siempre ha fracasado cuando se enoja, y la reacción visceral a la marcha del domingo pasado podría ser una de las peores decisiones en su carrera política: los epítetos previos; el desprecio a los manifestantes, su plan B y la procesión que planea encabezar, en su propio apoyo, para terminar con la liturgia de un informe de resultados inexistentes, lo desnuda por completo. La democracia, para el mandatario, no es más que un estorbo a su proyecto: el Presidente, en los hechos, se ha convertido en el enemigo de la democracia.
El Presidente no es capaz de entender el paso que acaba de dar. El tablero ya no es el mismo en el que ha jugado durante los últimos años y, si alguna virtud tuvo la manifestación del domingo pasado, fue que no se suscitó en contra del mandatario, ni a favor de ningún partido, sino en defensa de un concepto superior suficiente para aglutinar —y sacar a las calles— no sólo a los opositores tradicionales, sino incluso a cientos de miles de ciudadanos que en 2018 le expresaron su apoyo y hoy se ven acusados de ser traidores a la patria por no seguirlo ciegamente. Nadie votó por una secta.
El mandatario perdió el rumbo, y su salud mental lo hace proclive a malas decisiones: lo que presenciaremos, en los próximos días, habrá de definir su legado como el de quien quiso imponer su voluntad a cualquier costo, incluso si lograrlo significaba la destrucción de la democracia que lo llevó al poder y hemos construido entre todos. El próximo domingo llenará las calles tan sólo para reafirmar su ego: las cifras en que cuantifiquen la concentración sólo revelarán la desesperación que se vive en un barco que se está hundiendo. El partido oficial no puede ganar sin hacer trampa y, de no asegurar la continuidad, sus principales representantes podrían verse enfrentados a responsabilidades incluso penales sobre lo acontecido en estos años: en este sentido, para quienes ocupan el poder —y sus familias y patrocinadores— la lucha en contra de la democracia no es tanto una cuestión de lealtad como de supervivencia.
Morena se revolverá —como lo haría un animal herido y acorralado— y en el camino seguirá perdiendo adeptos y simpatizantes. El Presidente está en ruta al naufragio, y la gran incógnita no es el resultado de su próximo acto norcoreano sino lo que hará la oposición, de ahora en adelante, para aprovechar los errores del titular del Ejecutivo. El mandatario ha perdido el control de la agenda —o en términos de dominó, la mano— y en su declive reacciona, en lugar de proponer: es el momento de que la ciudadanía, organizada, repita la ficha.
La confrontación directa no funciona en contra de quien ha hecho del papel de la víctima eterna una carrera política: el mandatario que no entiende de empatía, en cambio, no sabe responder ante las causas transversales. Las decisiones presidenciales lo han convertido no sólo en el enemigo de la democracia, sino también en el enemigo de las mujeres y del medio ambiente, de los periodistas, de los niños con cáncer y de muchos más.
El camino no es pelearse, sin embargo: el camino no es confrontar al Presidente, sino tener la empatía de la que él es incapaz, y hoy lo tiene desquiciado. El camino es ignorar sus provocaciones, y concentrarnos en la solución de los problemas que nos ha traído su nefando periodo; el camino es solidarizarnos, y dejar de luchar en contra de una persona: el camino, en pocas palabras, es dejar de pensar en él y concentrarnos, de una vez, en México.
