El descenso a la locura
“Un cisne negro”, es la expresión utilizada desde tiempos inmemoriales para referirse a un suceso cuya probabilidad de ocurrir es tan remota que, de tajo, podría descartarse y considerarse nula: en el pasado era fácil inferir que los cisnes negros no existían, ...
“Un cisne negro”, es la expresión utilizada —desde tiempos inmemoriales— para referirse a un suceso cuya probabilidad de ocurrir es tan remota que, de tajo, podría descartarse y considerarse nula: en el pasado era fácil inferir que los cisnes negros no existían, simplemente porque jamás se había visto uno en Europa. “Cuando las vacas vuelen”, sería el equivalente en nuestras formas actuales…
Lo improbable sucede, sin embargo: a finales del siglo XVII un explorador holandés descubrió la existencia natural de cisnes negros en Australia, y el término cambió —desde entonces— para referirse a eventos que en un principio se pensaban imposibles, pero que, al final, pueden terminar ocurriendo. En su acepción más moderna —de acuerdo con el académico estadunidense de origen libánes Nassim Nicholas Taleb— un cisne negro debería cumplir con tres requisitos para considerarse como tal: en primer lugar, y de manera necesaria, que el cisne negro sea una externalidad que no cabe en las expectativas naturales, y a la que nada en el pasado apuntaría que podría ocurrir. En segundo lugar, el cisne negro sería un evento de repercusiones inesperadas, que por sus propias dimensiones rebasa la esfera de su ámbito temporal y cuyas consecuencias no podrían advertirse; en tercero —y finalmente— que, a pesar de constituir una externalidad, la naturaleza humana nos permite encontrar —a posteriori, y envueltos entre falacias— los razonamientos que terminan por explicarla y entenderla como predecible. “Se veía venir”, suele decirse tras un tiempo.
El sexenio cerraba bien, hasta que sucedió lo impensable. El gobierno que hoy prepara las maletas fue capaz de sortear problemas inconcebibles para cualquier otra administración, mientras que mantenía los índices de popularidad —y aseguraba su propia sucesión— frente a una oposición que nunca fue capaz de entender la realidad y plantear una batalla, al menos, digna. El mandatario abrió su juego desde un principio, y supo remontar las crisis que enfrentó con una supuesta fortaleza moral de la que carecieron sus predecesores: la chabacanería terminó por alcanzar a la realidad, y la displicencia generalizada se transformó en un sistema formal de gobierno; los abrazos —intercambiados por balazos— terminarían por convertirse en el mantra inamovible de una administración entera.
“Se veía venir”, se dirá dentro de algunos años. El acusado siempre se presume inocente, hasta que se demuestra lo contrario: en el sistema judicial norteamericano, la función del prosecutor —el equivalente a nuestro fiscal general o procurador de justicia— es asegurarse de la correcta integración del expediente criminal de cada uno de los indiciados para lograr una condena que vaya más allá de cualquier duda razonable. El trabajo del procurador es delicado, en tanto sobre él recae la carga de las pruebas y el avance del proceso: quienes se dedican a ello de manera profesional son conscientes, como nadie, del valor del tiempo —y la opinión pública— como un recurso para lograr sus objetivos.
El sexenio cerraba bien, hasta que sucedió lo impensable: el cisne negro llegó con la detención y entrega de los presuntos narcotraficantes sinaloenses, y con ella una externalidad sin cabida en las expectativas naturales, pero que —sin duda— habrá de tener repercusiones insospechadas; una externalidad que, una vez ocurrida, parecerá explicarse por sí misma. Las visitas, las liberaciones; los abrazos, las conferencias de prensa. Todo, finalmente, tendrá sentido.
Los gringos preparan la jugada: el mandatario, mientras tanto, comienza a curarse en salud y —por lo pronto— se ha empeñado en desvirtuar a su propio sistema de justicia. La polarización entre la ciudadanía se acendrará: los periodistas sufriremos otra, y muchas más, andanadas en nuestra contra. El descenso a la locura apenas comienza: en los tiempos que corren, por desgracia, el futuro de nuestra nación depende del equilibrio emocional del menos afortunado de sus hijos.
