El descenso a la locura
El Presidente de la República está tratando de robarse la próxima elección. Las palabras pueden sonar duras, pero la evidencia es contundente en cada una de sus palabras y acciones: los discursos virulentos, los ataques personales, el embate pertinaz en contra de las ...
El Presidente de la República está tratando de robarse la próxima elección. Las palabras pueden sonar duras, pero la evidencia es contundente en cada una de sus palabras y acciones: los discursos virulentos, los ataques personales, el embate pertinaz en contra de las autoridades electorales que reconocieron su propio triunfo tras haber sido derrotado en los dos procesos anteriores.
El mandatario ha sufrido dos veces el fracaso electoral, y no está dispuesto a vivir una tercera derrota: la tercera sería la vencida, sin duda. Las heridas del pasado siguen supurando, y las constantes referencias a quien lo derrotó hace 17 años sólo revelan una patología que era palpable desde que intentó probar un supuesto fraude en su contra con cajas vacías y animales de granja, o cuando se proclamó “presidente legítimo” en un acto desquiciado que terminaría siendo el prolegómeno del gobierno más autoritario de la historia moderna. Un gobierno sin pies ni cabeza: un estadista sin mayor visión que la de sus propios zapatos desaseados, un Presidente al que el poder, ahora, se le escurre entre los dedos.
Un mandatario que desde 2006 decidió quemar los puentes con el electorado que lo había rechazado en su primera intentona, aunque a la postre lo utilizara para llegar al poder. El Presidente no ha perdonado a una clase media que lo desprecia y, desde el inicio de su gobierno, ha procurado dividir a la sociedad que lo eligió con el fin de evitar una crítica unificada en su contra. Por eso ellos contra nosotros; malos contra buenos, conservadores contra una entelequia llamada cuarta transformación, sin mayor relevancia —ni trascendencia histórica— que la propuesta de cualquier otro populista latinoamericano, de grandes ambiciones pero pocas luces.
El Presidente está tratando de robarse la elección porque sabe que los resultados de su gobierno no son un argumento suficiente para que su partido conserve la Presidencia: la democracia es un obstáculo para los autócratas; la rendición de cuentas, también. El proyecto del Ejecutivo hacía necesario su dominio sobre los otros dos Poderes de la Unión; su propia desmesura le privó de la visión para impulsar los cambios que buscaba cuando todavía contaba con los medios necesarios para realizarlos. Por eso, y tras la derrota en las elecciones intermedias —que le restó la mayoría necesaria en el Legislativo— y el revés en el Judicial —por los esqueletos en el clóset de su candidata a presidirlo—, el futuro del proyecto de nación ha quedado en entredicho.
El mandatario, a pesar de su popularidad, está más débil que nunca: los ataques contra la democracia continuarán, en consecuencia, y no se detendrán ni siquiera cuando el Presidente desocupe el palacio virreinal de manera definitiva. La semilla del odio está sembrada y, a cinco años del inicio de una gestión fallida, lo único que realmente le queda es seguir transmitiendo sus propios rencores a quienes le guardarán devoción a pesar de todo. Estamos frente a un Presidente que no ha buscado la consecución exitosa de su gobierno, sino a la preservación a toda costa del poder que obtuvo por los medios democráticos que hoy rechaza: el titular del Ejecutivo se ha metido en un pleito absurdo no sólo en contra de sus opositores, sino también en contra de la sociedad y los poderes diseñados para contenerle.
El Presidente planteó su lucha en términos emocionales, sin percatarse de que sus propias emociones terminarían por arrastrarlo. Los ataques a nuestra democracia le han representado el desprestigio tanto a nivel nacional como internacional; la SCJN está empoderada y, a diferencia de cuando la presidía un ministro servil, mediocre y acomodaticio, el reyezuelo ahora tiene quién le ponga un alto. La presidenta de la Corte tiene más popularidad que el titular del Ejecutivo; la gente ahora confía más en el INE que en la Presidencia de la República. El mandatario se mueve en arenas movedizas: lo que veremos, a partir de ahora, será el descenso a la locura.
