Discurso y narrativa
Las pancartas, los colores. Los chalecos, las cachuchas, las banderas. Las arengas, los discursos, los aplausos y las porras a la candidata que un día antes demostró que podía ser irreverente hasta con sus propios aliados. La ambición de los azules; la obsecuencia de ...
Las pancartas, los colores. Los chalecos, las cachuchas, las banderas. Las arengas, los discursos, los aplausos y las porras a la candidata que un día antes demostró que podía ser irreverente hasta con sus propios aliados. La ambición de los azules; la obsecuencia de los amarillos, la sonrisa forzada entre los rojos. La emoción de los que asistimos vestidos de rosa.
Xóchitl convence a los ya convencidos, mientras el tiempo se agota y la aprobación del Presidente se afianza entre sus seguidores. La popularidad no es transmisible, pero en cambio el odio sí lo es: el mandatario no estará en la boleta, pero sus adversarios competirán aliados en contra de su proyecto de gobierno. La política es un juego restringido por el tiempo, que afecta a cada jugador de forma distinta: en el resultado de cualquier votación es visible la diferencia entre las preocupaciones de quienes pueden pensar a largo plazo y las de aquellos que tienen que concentrarse en el día a día. La oposición, simplemente, no parece entenderlo.
La política es discurso y también es narrativa. El discurso presidencial apela a los más pobres, mientras que su narrativa es la de un héroe de antítesis que se opone a un sistema injusto. El silogismo ha sido repetido en cada una de sus conferencias: el sistema anterior era corrupto, y se robaba el dinero que ahora el pueblo bueno recibe de su parte; el sistema anterior quiere regresar tan sólo para volverles a robar como lo hacía antes. El Presidente es una víctima de sus adversarios, como lo han sido ellos a lo largo de la historia; el mandatario podrá ser criticado por los medios, por las calificadoras, por los gobiernos extranjeros, pero los pobres reciben cada vez más dinero en sus tarjetas. ¿Por qué apoyar a los corruptos?
Quienes pueden pensar a largo plazo se dan cuenta del problema económico y social que el Presidente nos está heredando; quienes viven al día sólo pueden preocuparse por no perder lo que ahora tienen. La política es discurso, y también es narrativa: el discurso de la oposición debería de brindar esperanza no sólo a quienes desean el fin de este régimen, sino también a quienes disfrutan de sus beneficios; la narrativa de la candidata no debería de ser la del antagonista que contrasta al héroe que todos quieren, sino la del mentor que ofrece un mensaje de síntesis en el que todos los sectores de la sociedad puedan coincidir y dejar atrás las diferencias. La confrontación sólo favorece al que la ha provocado, y las campañas negras no funcionarán contra el que reparte las croquetas, mientras que lo siga haciendo.
La popularidad no es transmisible, pero el odio sí lo es. De nada sirven las manifestaciones, de nada servirán los templetes y los colores sin un discurso que integre también a los obradoristas más radicales en una esperanza conjunta; de nada servirá el apoyo a una candidata si dicho respaldo sólo se traduce en una división mayor de la sociedad y el fortalecimiento de las categorías sociales impuestas por el mandatario. Somos mexicanos, y seguiremos aquí cuando este gobierno termine; somos una sociedad con un futuro conjunto, y no chairos y fifís dispuestos a seguirse peleando por designio de una sola persona. Tenemos que pensar a largo plazo.
La campaña puede ganarse, si se separa del odio; Xóchitl Gálvez podría ser presidenta, si se decidiera a integrar un discurso de síntesis y deslindara su narrativa de la confrontación provocada por el Presidente, que sólo lo fortalece. La popularidad del Presidente no sólo es un problema para sus adversarios, sino también para quienes son parte de su movimiento: el mandatario vive la hubris del último año y está dejando, como legado, facturas políticas pendientes que no podrá cubrir cuando llegue el momento de pagarlas. El tiempo se agota: tenemos candidata, tenemos emociones, tenemos un país en llamas. Tenemos a un gobierno inútil, tenemos a un Presidente miedoso y soberbio que no escucha consejos. Tenemos todo para ganar: sólo nos falta discurso y narrativa.
