Debatan, por favor

Las reglas fueron muy claras, desde el inicio de la administración en funciones: la condición más importante para colaborar en el equipo del Presidente sería, primero que nada, la lealtad absoluta. “90% de lealtad y 10% de experiencia”, definió el mandatario en un ...

Las reglas fueron muy claras, desde el inicio de la administración en funciones: la condición más importante para colaborar en el equipo del Presidente sería, primero que nada, la lealtad absoluta. “90% de lealtad y 10% de experiencia”, definió el mandatario en un principio: la realidad —y los resultados de gobierno, cuatro años más tarde— han demostrado que la experiencia nunca tuvo importancia, y que los más leales, también, eran los más corruptos.

O los más débiles, en cualquier caso. Quienes aspiran a la candidatura, desde la plataforma oficial, han sido expuestos a un concurso de popularidad que no sólo rompe con las reglas democráticas, sino que ha obligado a los contendientes a participar en un concurso del todo indigno en el que lo importante no son sus ideas —o capacidad de gestión— sino los atributos provenientes de su zalamería y la renuncia a la dignidad propia. El juego ha sido más que perverso, y en cada etapa del sexenio hemos visto cómo los precandidatos —que el Presidente, además, llama despectivamente corcholatas— se someten sin chistar a los designios del mandatario, aun a costa de su propio criterio. De su propia dignidad.

En el esquema actual, la opinión legítima de quienes aspiran a la Presidencia no existe y, si deciden participar, es a sabiendas de su papel como simples marionetas de un anciano cuya mayor ambición es figurar en los libros de historia. El proceso de revocación de mandato —aprobado tan a la ligera por los súbditos del Presidente— no fue diseñado para someter a un posible presidente opositor, sino a cualquiera que discrepe de los dogmas sentados por el tiranuelo tropical: el próximo mandatario, incluso si proviene del partido oficial, no tendrá —en absoluto— el margen de maniobra necesario para llegar a los acuerdos pertinentes a la viabilidad de su propio gobierno. El Presidente se va muy pronto, pero la secta que creó se quedará, vigilante y atenta: ¿de qué tratará, entonces, el próximo sexenio?

De nada, en absoluto. Es imposible gobernar así, como cualquiera podría intuirlo. Incluso las corcholatas oficiales: no es necesaria una inteligencia desbordada para imaginar lo que sería un gobierno en el que el titular del Ejecutivo no tuviera más proyecto que repetir y profundizar los errores de su antecesor, ni mayor opinión que las palabras de quien, al mismo tiempo, lo designó como heredero y le colocó una espada de Damocles que le impedirá perseguir a cualquiera de sus allegados familiares, o aliados políticos, so pena de ser considerado como traidor a una causa —por demás— incierta.

La continuidad con cambio es imposible, toda vez que el cambio implicaría la mejora a un sistema que hoy se acepta —dogmáticamente— como perfecto e incuestionable. El mandatario se equivocó en sus cálculos desde un inicio, y el afán que ha tenido en construir una figura presidencial mítica y omnímoda se revertirá en su propia contra: en realidad, los sectores que ha polarizado a su favor se convertirán en un obstáculo para su propio proyecto. Andrés Manuel podrá haber brillado durante seis años, pero su sombra, que no su legado, prevalecerá en el país durante décadas.

Las corcholatas se miran entre sí, nerviosas, mientras tratan de diferenciarse y ganar el favor de su amo sin enfurecerlo. El populismo dura en tanto la gente despierta, sin embargo, y la polémica en torno a los debates propuestos por el canciller será el punto de inflexión de una crisis partidista que no era sino cuestión de tiempo, y en la que todos tienen agravios personales —y cuentas pendientes por cobrar— que previsiblemente terminarán en una cena de morenos, de la que todos saldrán divididos.

El Presidente ha sido capaz de controlar la agenda pública por medio de sus conferencias mañaneras, pero el poder se le diluye mientras las ambiciones de sus posibles sucesores se incrementan. Debatan, por favor, se los pedimos: en sus propuestas no sólo encontraremos las diferencias entre ustedes, sino las críticas que, hasta hoy, no se han atrevido a hacer.

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