Cuando despertó, el fentanilo todavía estaba ahí

La concentración del sábado pasado fue como un sueño para el Presidente: las pancartas, las consignas, la multitud coreando su nombre y repitiendo como un mantra que es un honor estar a su lado. El Zócalo a reventar, un discurso beligerante y un video posterior ...

La concentración del sábado pasado fue como un sueño para el Presidente: las pancartas, las consignas, la multitud coreando su nombre y repitiendo —como un mantra— que es un honor estar a su lado. El Zócalo a reventar, un discurso beligerante y un video posterior —impecable— que lo retrata como un hombre sencillo y preocupado por su pueblo. Un éxito absoluto, si la realidad no fuera tan apremiante: lamentablemente, cuando despertó, el fentanilo todavía estaba ahí.

Y seguirá estando aquí, entre nosotros, así como todos los problemas que el mandatario no ha sabido —o querido— atender, y que terminarán por empañar su sexenio conforme se aproxime a su término. En este sentido, el acto del 18 de marzo no es sino un ejemplo perfecto de lo que ha sido su gobierno: la manipulación de una ciudadanía resentida y temerosa, los estímulos a cortísimo plazo, los discursos huecos que refuerzan resentimientos y temores para alinearlos con la agenda de una sola persona y el grupo que lo respalda. La violencia verbal, que se convierte en violencia física.

Los liderazgos cumplieron, y llenaron la plaza; el Presidente leyó su discurso, en el día que planeaba glorioso. Las palabras pierden relevancia —sin embargo— cuando los hechos hablan por sí mismos: cuando la nación despertó, los problemas seguían estando ahí. De nada sirve una concentración —por bien organizada que haya sido— si el objetivo es envenenar a la gente con mentiras; de nada sirve un discurso hueco, en el que se defienda la soberanía nacional, cuando ni siquiera se tiene control sobre las consecuencias de lo que se dice.

El Presidente salió triunfando y se resguardó en su palacio virreinal mientras que sus seguidores digerían sus palabras y —al final— trataban de corresponder al amor de quien les ha enseñado a odiar, quemando la efigie de la señalada por el propio mandatario como su adversaria: la sevicia sobre un mero objeto retrata la imagen misma de lo que ha sido este sexenio. El mensaje del mandatario quedó en un segundo plano y, como siempre, ha sido rebasado por los efectos que ha causado: lo que en este momento da la vuelta al mundo no son las palabras de una mañanera repetida, sino las imágenes de lo que la muchedumbre es capaz de hacer tras escucharlo. La violencia verbal, que se convierte en violencia física.

La violencia verbal, que se convierte en violencia física: el sábado, la víctima de la violencia obradorista fue la piñata de una ministra de la SCJN; a lo largo del sexenio, las víctimas del discurso obradorista no han sido meras efigies en llamas, sino que suman a decenas de periodistas y defensores de causas sociales y derechos humanos asesinados, así como a miles y miles de personas que han perdido la vida por las políticas equivocadas —y culposamente criminales— del mandatario en funciones. Víctimas que no necesariamente son mexicanas: aunque no resulte como lo hubiera deseado, las consecuencias de las políticas públicas de nuestro Presidente han trascendido y rebasan las fronteras.

Cuando despertó, el fentanilo todavía estaba ahí. Mucho triunfo, mucho discurso: muchas cuentas, también, que aclarar al día siguiente. Los problemas no se han atendido, y han seguido creciendo; las lealtades no se han definido, y la confianza internacional se ha dilapidado. El Presidente parece haberse convertido en una amenaza a la seguridad nacional de EU, por sus pronunciamientos, pero no lo es tan sólo para el país vecino, sino pare el que presidirá hasta septiembre del próximo año.

La historia está en marcha, y el día de ayer el mandatario en funciones tuvo que recibir a las autoridades de uno de los países afectados por sus decisiones viscerales. Lo que se haya discutido no lo sabremos, pero sus consecuencias las viviremos en carne propia: estamos en manos de un irresponsable al que su propia verborrea le rebasa. Quien lo suceda, habrá de traicionarlo para preservar la relación bilateral: el fentanilo, y todos los problemas innecesarios, mientras tanto, seguirán estando aquí. Ése, y no otro, será su legado.

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