Convertir la mierda en abono
Los golpes más dolorosos han sido fruto tanto de la torpeza propia como de las traiciones al interior de cada equipo.
El periodo de precampañas se aproxima a su término, sin que —hasta el momento— alguno de los futuros contendientes sea capaz de afirmar que cuenta con la victoria asegurada. Heridas de guerra, lecciones de batalla: en este combate, hay que decirlo, los golpes más dolorosos han sido fruto tanto de la torpeza propia como de las traiciones al interior de cada equipo.
Siembra vientos, y cosecharás tempestades. El tablero político se reacomoda conforme finaliza el sexenio, y los actores arman su propio juego: las precampañas no sirvieron para informar a la ciudadanía, sino que terminaron por ser un escaparate que mostró el lado menos agradable de cada uno de los jugadores. De los priistas, era previsible que abandonarían el barco en cuanto perdieran espacios, como lo hicieron; de los independientes, podía esperarse que acusaran trampa ante el exiguo poder de convocatoria de sus ideas radicales.
Lo que no podía esperarse es que el martes pasado —9 de enero— y con diferencia de unas horas, las principales fuerzas políticas de nuestro país se sacudirían hasta sus cimientos. La situación política que vivimos no es obra de la casualidad, sino la consecuencia misma de la degradación de nuestra democracia. Martes negro, cuando la directora de la agencia de noticias estatal denuncia en público la corrupción —de primer nivel— a la que quiso obligársele; martes negro, cuando el presidente de un partido exige, también en público, que se haga justicia a los pactos de pirata que realizó con otros tan honestos como él. Sus seis notarías, entre otras cosas.
Martes negro cuando un gobernador bisoño se comporta como si fuera el presidente de su partido, y nombra candidato presidencial excluyendo a sus propios pares. El tablero político se reacomoda, y los jugadores mueven sus fichas: Sanjuana no desafiaría a Claudia, si tuviera la elección ganada; Samuel no retaría a Alfaro, si no tuviera en sus manos al hombre del sombrero. Marko no exigiría sus prebendas en público, si no fuera tan estulto: menos aun lo haría, si no fuera su modus operandi. Lo que hasta ahora hemos visto es el preludio de lo que —sin duda— será una batalla cruenta y llena de traiciones en la que cada uno de los actores tratará de imponerse a como dé lugar, y cuyo costo terminará siendo cubierto por la ciudadanía, en términos físicos y sociales. Hemos sembrado vientos, y terminaremos cosechando tempestades: la polarización es un cáncer que terminará por hacer metástasis e invadir a la sociedad entera.
El periodo de precampañas se aproxima a su término, brindando al mandatario la oportunidad de volver a estar en el centro de la atención pública por algunas semanas. Y se dará vuelo: la elección se aproxima; las presiones externas se incrementan, la polarización aumentará cada vez más, y la sociedad entera se verá sujeta a una presión artificial que será muy difícil de controlar si no tomamos a tiempo las medidas correctas. El país se nos puede escapar en un instante, si le seguimos el juego: es necesario pensar en lo que haremos para convertir la mierda en abono.
El proceso electoral no debería convertirse en la lucha irredenta entre dos sistemas contrapuestos, sino en el debate de ideas para lograr una sociedad más justa e integrada: en cualquier caso, el país seguirá estando aquí, después de la elección, y muy pronto toda esta política dejará de tener importancia. Lo importante, a final de cuentas, es el país que estamos construyendo a futuro: un país en el que, necesariamente, hemos de caber todos.
