Con la cola entre las patas
Vaya momento para estar vivos: vaya momento, también, para dejar de estarlo. La vida es una tómbola, sin duda alguna: Luis Echeverría murió, sin que nadie lo lamentara; su legado, a pesar de su vida, prevalecerá mucho más allá de lo que él mismo podría haberlo ...
Vaya momento para estar vivos: vaya momento, también, para dejar de estarlo. La vida es una tómbola, sin duda alguna: Luis Echeverría murió, sin que nadie lo lamentara; su legado, a pesar de su vida, prevalecerá mucho más allá de lo que él mismo podría haberlo imaginado.
Y no, no por sus logros, sino todo lo contrario. Echeverría vivió más de cien años, eludiendo a la muerte como si tuviera —todavía— una misión por cumplir. Una última misión que pudiera redimirlo del daño que causó a una nación entera, una misión que le diera sentido a una existencia que fue poderosa, pero miserable. Una vida de contradicciones que lo llevó, de la tribuna más alta, al desprecio absoluto: una vida cuyo único mérito —al pasar de los años— habrá sido durar tanto tiempo para que pudiera terminar en el momento necesario. El momento más útil para la nación.
Echeverría ha fallecido, y su muerte nos remite —de inmediato— a los tiempos de su mandato. La carrera espacial, la Guerra Fría; los proyectos secretos, la injerencia norteamericana. La juventud de aquellos tiempos, cuyos ideales los llevaron a buscar un mundo mejor que el ofrecido por el establishment; la inocencia de aquel momento, cuando el triunfo era equivalente a contar con la voluntad suficiente para alcanzar el poder.
El mundo ha cambiado —sin embargo— y el expresidente ha muerto, dejando un legado que nunca pudo sospechar. Echeverría reinó —no hay palabras más precisas para describirlo— de 1970 a 1976: quienes nacimos en aquella época no teníamos sino referencias —demasiado ambiguas— para comprender el alcance, y el papel en la historia, que habrían de tener quienes en aquellos tiempos ejercían de contrapeso informal a un poder poco menos que absoluto. La sociedad evolucionó —a pesar de los designios oficiales— y terminó por abrirle un espacio inmerecido al sistema anterior para regresar al poder: el producto de aquella regresión es el gobierno que, en estos momentos, tenemos en funciones.
Un gobierno mediocre, pero sobre todo perverso. Un gobierno —como recordamos quienes nos tocó vivirlo— como de los años maravillosos. El presidente Echeverría ejerció su cargo de 1970 a 1976: cuando el finado accedió al poder, en 1970, Joe Biden tenía 28 años y estaba a la búsqueda de su primer encargo; John Kerry tenía 27, Antony Blinken diez años menos. Ken Salazar tenía 15, López Obrador, 17.
El legado persiste, aunque Echeverría nunca lo hubiera sospechado. Echeverría murió, y, con eso, le prestó al país el mayor servicio que jamás hubiera podido imaginar: sin las exequias del fin de semana, difícilmente podríamos saber los méritos de nuestro expresidente. Un expresidente miserable y mezquino, que estuvo dispuesto a estrangular a su país sin permitirle tomar un respiro: un gobernante ruin y perverso, que pactó con el crimen organizado, pero no con los padres de los niños con cáncer; un presidente cruel e inepto, que responsabilizó a sus propios seguidores por lo que no fue capaz de cumplir.
Echeverría murió, y sólo los hipócritas pueden desear su descanso en paz: cualquier persona racional no puede desear, sino que arda en el infierno. Un infierno que debería ser común a todos los populistas, ardiendo mientras se desarrollan las matanzas que provocaron: cuando el presidente en funciones sea llamado a rendir cuentas no podrá entregar sino las huellas de su fracaso.
Vaya momento para estar vivos: vaya momento, también, para dejar de estarlo. El presidente viaja solo, sin agenda y sin aliados; el presidente viaja solo, y sin ideas tampoco, sin tener mayor acompañamiento que el ridículo al que se presta cada mañana. El presidente no es inmortal, y sus contrapartes lo tienen bien medido: quienes vivieron los setenta y están en el poder ahora, saben a lo que tienen que enfrentarse. El presidente no es tan inteligente como piensa, pero sus contrapartes son más de lo que parecen: el pejelagarto lo sabe, y regresará con la cola entre las patas.
