Con la clase media, no

Feliz cumpleaños, Chemita. Quien se recuerda no muere nunca. La emoción era palpable. Las familias caminando juntas, los desconocidos que dejaron de serlo cuando el color en común les revelaba una esperanza ...

                Feliz cumpleaños, Chemita.

                Quien se recuerda no muere nunca.

La emoción era palpable. Las familias caminando juntas, los desconocidos que dejaron de serlo cuando el color en común les revelaba una esperanza conjunta. La esperanza compartida, el empoderamiento de la multitud que se congrega por una causa: la sensación de no estar solos, la revelación de que tampoco somos tan poquitos. Somos un montón, y lo sabemos.

Las cortinas se movían, desde temprano, en el Palacio Virreinal. La bandera no estuvo en su lugar a tiempo, como se había prometido: las redes sociales comenzaron a incendiarse, y su izamiento tardío fue celebrado como el primer triunfo de la ciudadanía ante un Presidente que se había visto obligado a cumplir la ley a regañadientes. El Himno Nacional se entonó de manera espontánea, en lo que no era sino un canto común a la esperanza: el mandatario descubrió ayer que existe otro México tan real como el de los pobres a quienes manipula, o el de los millonarios a quienes asigna contratos que reserva.

Un México real, en el que —oh, sorpresa— la clase media también existe. Un México en el que la ciudadanía no sólo se reconoce como aspiracionista, sino que además se precia de serlo: una sociedad que busca un futuro mejor para sus hijos, y que procura formarlos en la cultura del esfuerzo que, sabe, les asegurará el futuro. Un México que estudia y que trabaja, una ciudadanía que se sigue preparando porque sabe que puede competir en las grandes ligas, y aspirar a algo más que manejar un trapiche y recibir los apoyos gubernamentales.

Un México que está despertando, y que ha descubierto el poder de las calles. El mayor logro del segundo Presidente más popular del mundo ha sido congregar la mayor concentración histórica en su contra, en el territorio que él mismo definió como propio: la debilidad del régimen quedó exhibida con una bandera tardía y, la desesperación del mandatario, en la yerma participación de su candidata en el debate que tendría lugar unas horas más tarde. La elección no será un mero trámite, como han tratado de demostrar con sus encuestas: México es un país vibrante, con una sociedad educada, que sabe merecer más que la continuación de los sueños de un anciano rencoroso. México no necesita seguir hablando más de los detalles de un pasado que nos siga dividiendo, sino de los problemas que enfrentamos en este momento: México necesita, sobre todo, comenzar a soñar con un futuro en el que quepamos todos juntos.

La elección seguirá su curso; el músculo se demostró por la mañana, y las municiones se exhibieron en la noche. Lo que sigue, sin embargo, es lo más importante: lo verdaderamente crucial, en términos históricos. Las cortinas del Palacio Virreinal nunca dejaron de moverse, y el debate debe haber sido seguido minuciosamente tanto en las palabras como en los gestos: el nerviosismo del eterno perdedor se acusará conforme se acerquen los comicios, y la desmesura en el poder que estamos a punto de vivir sólo se entenderá dentro de algunos años, cuando la debacle haya terminado y las pasiones hayan disminuido. Cuando la historia, por fin, coloque al autócrata en su propia finca.

Lo mejor de todo es lo peor que se va a poner, advirtió en lo que quizá será la única promesa que ha estado dispuesto a cumplir: lo mejor de todo, en realidad, será que logró despertar a un segmento de la población, apático por naturaleza, que ahora conoce su propio poder verdadero. Con la clase media no, señor Presidente: somos muchísimos, y ahora sabemos de lo que somos capaces; con la clase media no, debería entender, también —en el papel carbón que le corresponda leer—, quien espera convertirse en su calca a través de un mero trámite.

Con la clase media no, es el mensaje que transmitimos ayer, vestidos de rosa, cuando acompañamos a Xóchitl encarnando nuestra esperanza: con la clase media no, tendrían que entender los dirigentes de los partidos, porque si le restan el apoyo a nuestra candidata no lo habremos de olvidar nunca. Y de perdonar, tampoco: el día de ayer, ustedes también, se dieron cuenta de lo que somos capaces.

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