¿Andrés Manuel o México?

Happy bday, Isa. En política no hay sorpresas, sino sorprendidos. “Hasta que la crisis se resuelva, el presidente Donald J. Trump implementa un arancel extraordinario del 25 por ciento a las importaciones de Canadá y México, así como un arancel adicional del 10% a las ...

Happy bday, Isa.

En política no hay sorpresas, sino sorprendidos. “Hasta que la crisis se resuelva, el presidente Donald J. Trump implementa un arancel extraordinario del 25 por ciento a las importaciones de Canadá y México, así como un arancel adicional del 10% a las importaciones desde China”, publicó la Casa Blanca, en su página oficial, el sábado pasado.

“El contrabando de drogas como el fentanilo, a través de redes de distribución ilícitas, ha creado una emergencia nacional que incluye una crisis de salud pública”, continuó el comunicado. “En adición, las organizaciones criminales tienen una alianza intolerable con el gobierno mexicano. El gobierno de México ha permitido enclaves seguros para los cárteles, quienes han provocado la muerte por sobredosis de cientos de miles de víctimas estadunidenses. Esta alianza vulnera la seguridad nacional de EU y debemos erradicar la influencia de estas peligrosas organizaciones”.

Buckle up. “Pobre, triste México”, declararía al día siguiente —en su cuenta de X— el vicepresidente norteamericano J. D. Vance. “Los cárteles internacionales operan libremente dentro de sus fronteras, y México no puede hacer nada al respecto. Resulta pueril, pensamiento mágico, esperar que nuestros vecinos del sur tengan una procuración de justicia apenas funcional”. Los gringos, al parecer, saben hacia dónde se dirigen.

Los aranceles anunciados no son el inicio de una guerra comercial en sí, sino una disputa política previa a lo que vendrá en los próximos meses: lo que vivimos, en estos momentos, no son más que los prolegómenos de lo que habremos de enfrentar en el futuro. Los términos que se deben establecer antes de la gran batalla: la definición de las rules of engagement preliminares al primer encontronazo real con el enemigo. Los gringos saben muy bien lo que desean: al gobierno norteamericano —en realidad— no le interesa hacerse con el territorio canadiense, sino disponer de sus recursos naturales; al presidente estadunidense no le interesa quién gobierne en México, sino que le sea afín política y electoralmente, además de permitirle cumplir con sus objetivos económicos.

El presidente Trump tuvo la oportunidad de observar el gobierno mexicano desde que fue candidato por primera ocasión, así como de tratar con sus funcionarios cuando llegó al poder, en el hoy lejano 2016. Contempló el cambio de gobierno en nuestro país, y aprendió a vivir con López Obrador mientras que fue presidente; presenció la primera visita del exmandatario mexicano a Badiraguato, y en su momento sólo atinó a endurecer el tono tras la extraña liberación del hijo de uno de los criminales más buscados de su país. Soslayó las penosas imágenes en las que su contraparte comía tacos en homenaje a la progenitora del mismo narcotraficante y, tras su salida del poder, tuvo el tiempo suficiente para entender la realidad, y revitalizar los resquemores que terminarían por llevarle de nuevo a la presidencia de la nación más poderosa del mundo.

En política no hay sorpresas, sino sorprendidos: en la política mexicana, por lo visto, además pulula una multitud de ingenuos. De nada servirá la adhesión, cuando se pretende equiparar la lealtad a la patria a la conformidad con el proyecto de un gobierno mediocre, y ya terminado: de nada sirven los llamados a unidad nacional mientras se siga apelando a las etiquetas divisorias —heredadas— en cada conferencia mañanera. La amenaza es real, y muy presente: de nada servirá un plan B, ni cualquiera que pudiera sucederlo, si no se cuenta con el apoyo irrestricto de la nación entera.

Andrés Manuel o México, parecería ser el reto de la mandataria en funciones. La primera opción permitiría superar, al menos, una posible revocación de mandato; la segunda, incluso representando un gran salto al vacío, le aseguraría un lugar en la historia muy superior al de quien la dejó a cargo de un poder diseñado, por él mismo, para ser sometido a través de su personal de confianza. La decisión, en estos momentos, no le corresponde sino a una sola persona.

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