70 días
A mis hijas. El reloj está corriendo, y las hojas del calendario se desprenden sin que la realidad logre ceder espacio al optimismo. El año en curso ha sido complicado, pero el 2025 dará inicio a un mundo distópico, completamente distinto a la realidad que hasta ...
A mis hijas.
El reloj está corriendo, y las hojas del calendario se desprenden sin que la realidad logre ceder espacio al optimismo. El año en curso ha sido complicado, pero el 2025 dará inicio a un mundo distópico, completamente distinto a la realidad que hasta ahora hemos conocido, y para el que no estamos preparados en absoluto. Tenemos 70 días para prepararnos.
El discurso del autoritarismo que hoy vivimos en México comienza a replicarse en nuestro país vecino. El presidente recién electo amenaza con cumplir sus promesas de campaña desde el primer día de su mandato, sin que lo hayamos tomado demasiado en serio: sólo es politiquería electoral, repetía en su momento el expresidente López Obrador mientras fraguaba sus propios planes, mismos que a su vez fueron minimizados por sus adversarios con los mismos argumentos.
La semilla del despotismo había sido sembrada, sin embargo, y fue capaz de encontrar territorio fértil en la polarización social y la superficialidad inherente a las redes sociales: en unos cuantos años la democracia dejó de tratarse de la lucha entre visiones distintas de país, centradas en el bien común, para convertirse en un sangriento —y obtuso— campo de batalla entre ellos y nosotros, en donde el resultado de una elección sería suficiente para justificar cualquier tropelía del dictador en turno por más absurda que resultara. La cancelación de un aeropuerto, por un capricho personal; la destrucción del Poder Judicial, por mera sed de venganza. La deportación masiva de quienes son, al mismo tiempo, el músculo de nuestros vecinos y el oxígeno de nuestra economía.
El mundo ha cambiado y está a punto de cambiar aún más, sobre todo para los más de treinta millones de mexicanos que habitan en Estados Unidos. México es una nación que no se constriñe a su mero territorio, sino que también comprende a la población de origen mexicano que se ha establecido en el exterior y cuya caridad, reflejada en el monto de las remesas, se celebra con desparpajo por nuestras autoridades como si fuese un logro más de gobierno. Mexicanos cuya seguridad jurídica y personal se encuentra en riesgo real, y que estarían a punto de enfrentar, de concretarse los planes anunciados por Donald Trump, la mayor crisis humanitaria de la historia reciente.
Mexicanos que necesitan de nuestra acción urgente y efectiva: la nación que ya los expulsó una vez no puede ser la misma que hoy los ignore mientras continúa mirándose al ombligo de sus disputas intestinas. El Estado mexicano tiene la obligación de velar no sólo por las variables macroeconómicas o los asuntos internos del país, sino por la seguridad irrestricta de cualquier mexicano sin importar el lugar de su nacimiento o el sitio de su residencia: el reloj está corriendo, y las hojas del calendario se siguen desprendiendo, sin que la respuesta de nuestras autoridades ante una situación de término fatal y perentorio ceda lugar al optimismo.
Tenemos 70 días para prepararnos; tenemos, tan sólo, 70 días para estar a la altura de una emergencia nacional que requerirá lo mejor de cada uno de nosotros. El desafío es enorme, y supone, de manera necesaria, la unidad interna: es imposible enfrentar cualquier amenaza del exterior si continuamos transitando por el sendero de la división deliberada. La polarización sirvió a los designios del mandatario anterior, pero resulta nociva en las circunstancias actuales: quienes se consideran parte de la oposición no deberían caer, por ningún motivo, en el engaño de considerar que el enemigo de su adversario podría convertirse en un aliado para sus propias causas.
El tiempo seguirá su curso, y la historia terminará por alcanzarnos: los gobiernos se sucederán y en unos cuantos años se deslindará la responsabilidad de quienes pudieron hacer algo desde el sector público o privado, en uno de los momentos más difíciles de la patria. La relación con Estados Unidos ha dejado de convertirse en una cuestión política para convertirse en un asunto humanitario: el reloj está corriendo, y sólo nos quedan 70 días.
