Otra vez las chachalacas
La propuesta de López Obrador para apoyar a la CNTE lo desnuda y lo retrata en su justa dimensión.
Siempre habrá quien simpatice con una causa social y quien no lo haga. Y no sólo eso, sino que habrá quien no se limite a la simpatía sino que esté dispuesto a sumarse y participar activamente para defender unos ideales que coinciden con los suyos. El apoyo que un individuo cualquiera esté dispuesto a brindar a un movimiento dependerá de la identificación entre los valores de uno y otro, de la coincidencia en la visión y el diagnóstico de una situación determinada.
Hay que entender, sin embargo, la diferencia entre apoyo y militancia. Porque, una cosa es identificarse con la forma de entender el mundo de un colectivo específico y otra, muy distinta, el estar dispuesto a tomar acciones efectivas, reales, para tratar de transformar la situación actual e imponer aquella que predica la causa. Se necesita compromiso, entrega, se necesita creer plenamente en los valores del movimiento como para estar dispuesto a desafiar a la autoridad y arriesgar la propia libertad o la integridad física. Se necesita honestidad, se necesita valentía.
Honestidad, valentía, o una gran dosis de cinismo. La propuesta de López Obrador para apoyar a la CNTE lo desnuda y lo retrata en su justa dimensión: quien pretende ponerse al servicio de la nación como presidente de la República no puede apoyar a los enemigos del Estado. Y no sólo no puede apoyarlos, sino que tampoco puede militar a su lado exigiendo a gritos que persistan las condiciones que han comprometido el futuro de una generación entera de oaxaqueños, por los actos de corrupción de los líderes de la Coordinadora. Las condiciones de la educación en Oaxaca son, simplemente, indefendibles. Incluso para López Obrador.
Es claro que, en el conflicto que ahora vivimos, lo que menos les importa a los líderes del movimiento que rechazó a López Obrador es brindar una mejor educación a los niños del estado, como tampoco le importa a quien además pretende abolir las reformas estructurales y regresar al texto original de la Constitución de 1917. Lo que a unos y a otro los une no es sino la ambición de poder y todo lo que éste representa: esos son los ideales que se comparten y que definen la calidad de los valores comunes. Por eso el apoyo y la oferta de militancia compartida: los fines son, a final de cuentas, los mismos, así como idéntica es la importancia que ambos le otorgan a los medios para conseguirlos.
Es curiosa la vocación al fracaso: cuando existen tantos temas para cuestionar a la administración actual y posicionar una candidatura, López Obrador ha elegido defender lo indefendible. Ha elegido con claridad la causa que le interesa apoyar y, en su habitual soberbia, lo ha hecho sin considerar ni siquiera un eventual rechazo. Como cuando en su mejor momento mandaba callar chachalacas sin darse cuenta de que la falta de respeto era hacia las instituciones y no hacia las personas: en esta ocasión, su desafío no se limita a las instituciones sino que vulnera al Estado entero. Hay que repetirlo si es necesario: quien pretende ser presidente de la República no puede ponerse del lado de los enemigos del Estado.
Obras son amores, y López Obrador ha sabido demostrar en dónde están sus intereses. Ha tenido incontables oportunidades para apoyar otras causas, para apoyar al Estado en los momentos más difíciles, y no lo ha hecho. Cuando la ciudadanía le pidió que estuviera a su lado, contra la inseguridad, su respuesta fue una burla llena de resentimiento. Ha elegido la causa equivocada, su nueva chachalaca, y ahora pretende instalarse en Palacio Nacional defendiendo las prerrogativas de los violentos. El problema, queda claro, no está tanto en que existan los necios, sino en que sean tan convincentes.
