Un ser humano decente
Como dirigentes de un amplio entramado social, se requieren conocimientos, competencias, habilidades y, más olvidadas, pero quizá más necesarias, las virtudes humanas
Henry Mintzberg, destacado pensador sobre liderazgo y gobierno de las organizaciones, se encontró con una lista sobre las cualidades necesarias para lograr una buena dirección en una empresa. Después de un gran esfuerzo de síntesis, los autores habían llegado a 52 características esenciales. Mintzberg comentó con ironía que, si alguien lograba encontrar un ser humano que las tuviera todas, al final se daría cuenta que, más que a una persona, habría encontrado un robot.
En esa misma línea, Clark Kerr, exrector de la Universidad de California, se refirió en alguna ocasión a las condiciones que tendrían que tener las personas con cargos directivos en una institución de educación superior. Para Kerr, un líder universitario debe ser “un amigo de los estudiantes, un colega de los profesores, un administrador serio para el consejo social, un buen orador para el público, un regateador astuto con la administración, un político con el gobierno local, un amigo de la industria, un representante para hablar con la prensa, un intelectual o científico por sí mismo y… un ser humano decente”. Kerr hacía ver que las posiciones de gobierno son complejas, y que conseguir la totalidad de competencias y virtudes exigidas era prácticamente una misión imposible.
Traslademos ahora el concepto al gobierno de una circunscripción política o de un país entero. Seguramente, el grado de complejidad es mayor. Como dirigentes de un amplio entramado social, se requieren conocimientos, competencias, habilidades y, más olvidadas, pero quizá más necesarias, las virtudes humanas: prudencia, generosidad, humildad, modestia, paciencia, justicia, templanza, responsabilidad, orden, constancia, resiliencia, magnanimidad, sinceridad, caridad, veracidad, honestidad, valentía y un largo etcétera.
La lista de virtudes mencionada podría parecer exagerada. No lo es si tomamos en cuenta que en los liderazgos descansan decisiones sobre el bien común, recursos públicos, seguridad, salud, educación y tantos otros aspectos que pueden afectar a millones de personas. ¿Por qué muchos gobernantes actuales, incluso teniendo más estudios o tecnología para diseñar políticas públicas que en tiempos pasados, sufren tanto para consolidar buenos gobiernos? ¿No tendrá que ver la crisis de liderazgo político actual en el mundo con la falta de esas virtudes humanas fundamentales?
Basta ver las campañas políticas actuales para constatar que, en general, el foco del marketing, más que en los valores, se posiciona en el lugar o en la forma en la que el candidato vivió su infancia, en el apoyo a determinadas políticas públicas o en la capacidad de hacer de su propuesta un show mediático. En la actualidad, además, esas estrategias de comunicación se centran fundamentalmente en intentar evidenciar los vicios ajenos.
“Un ser humano decente”, concluía Kerr. Quizá este punto tan sencillo sea uno de los aspectos críticos necesarios para conseguir buenos gobernantes en el mundo actual. La solidez ética y moral de un gobernante tendría que ser un requisito previo a cualquier campaña pues, si el candidato llega al poder y no cuenta con esos valores, el pronóstico es desesperanzador. Aristóteles se nos adelantó más de 25 siglos en decirlo: la primera virtud de quien ejerce el gobierno es, precisamente, una preocupación ética; implica esforzarse por ser él mismo más virtuoso.
Encontrar perfiles idóneos para los cargos de gobierno se está volviendo una necesidad imperiosa. Curiosamente, es poco frecuente que nos fijemos en estos humanos elementos tan importantes para conducir personas. Más aún, como sociedad, tendríamos que encontrar mecanismos educativos, comunicativos y sociales para fomentar el ejercicio de la virtud, la ética y la moral pues, si no existen en el tejido social, no esperemos que brillen en las personas que gobiernan.
Ningún gobernante podría disculparse de poseer en un mínimo grado virtudes humanas como las referidas. Más allá de la imposibilidad de “sacar 10” en todas las cualidades que requiere quien gobierna, sabemos que no sólo es deseable, sino posible, encontrar personas que consigan un buen equilibrio en sus fortalezas, se dejen ayudar con sus defectos y den juego a perfiles distintos que los complementen. Es imprescindible, además, contar con la rectitud de intención de los involucrados para procurar el bien común. Esa rectitud es, quizá, la que convierte a la persona en un ser humano decente aunque, desgraciadamente, no suele ser verificable externamente pues se encuentra escondida en el fondo de cada corazón.
