El ocaso de la democracia

A la par, la relativización moral ha ganado terreno en las democracias actuales. Ahora, lo bueno o malo se define por la mayoría; ya no se busca deliberar qué es lo más beneficioso para el individuo o la sociedad ni se intenta discernir si algo es éticamente correcto en sí mismo.

Con las próximas elecciones en Estados Unidos, surgen reflexiones que evocan los orígenes de la democracia en el país que alguna vez deslumbró a Tocqueville y que, hoy, se enfrenta a una crisis democrática de proporciones preocupantes. Si observamos la situación de las democracias en el mundo, especialmente en la compleja realidad latinoamericana, es posible generalizar que la democracia atraviesa un momento crítico a nivel global.

Los congresos, sedes parlamentarias, pensados como espacios de diálogo y debate para valorar pros y contras de políticas dirigidas al bien común, en muchos países han visto cómo estas aspiraciones se desdibujan. Las posiciones políticas suelen ser predefinidas por pequeños grupos, y el resto de los legisladores se alinea en bloque, ya sea a favor o en contra de una iniciativa, sin un análisis genuino. El congresista medio parece atrapado en una pereza mental que lo reduce a emitir un voto binario, blanco o negro. Este sectarismo socava el diálogo democrático y limita la construcción de consensos.

A la par, la relativización moral ha ganado terreno en las democracias actuales. Ahora, lo bueno o malo se define por la mayoría; ya no se busca deliberar qué es lo más beneficioso para el individuo o la sociedad ni se intenta discernir si algo es éticamente correcto en sí mismo. Al carecer de principios que vayan más allá de las mayorías o minorías, la moral se convierte en un voluntarismo caprichoso, fundamentado en juegos de poder y lealtades políticas.

Con este panorama, si alguien desea implementar nuevas ideas o políticas, el camino no es el convencimiento o el diálogo, sino simplemente asegurarse el poder necesario. A partir de ahí, lo demás se impone automática… “y democráticamente”.

Por otro lado, entre los ciudadanos crece la desconfianza hacia la información. Nos enfrentamos a una saturación informativa que mezcla datos, contradicciones y/o tendencias alevosas. Hay exceso de información, falta de información y sesgos a la información, todo en la misma licuadora. ¿Es posible hacerse cargo de la realidad en una situación tan nebulosa?

Esta desconfianza se refleja en estudios de opinión que evidencian el desencanto con las democracias. La sensación de que es imposible superar el conflicto político, alcanzar una justicia imparcial o acceder a la verdad crea un clima de escepticismo profundo.

Tiempo atrás, recordaba recientemente el filósofo Marina Scheler se disgustó de que no se reconociera en el Estado a una persona real; según el alemán, tenía que considerarse tan real como el individuo. Ante ello, Ortega y Gasset reaccionaba, argumentando que había que enojarse más aún ante el hecho de que Scheler rebajara la persona individual a sensaciones o instintos, o a conceptos abstractos. La despersonalización en las democracias también es un signo preocupante.

La Ilustración prometía un mundo regido por la razón, el equilibrio de poderes y el rechazo de dogmatismos, lo que nos llevaría a una sociedad perfecta. Sin embargo, los efectos sin control de estos ideales han desembocado en un “ocaso de la democracia”, un agotamiento de su versión relativista. La democracia, si bien es un sistema valioso, depende en última instancia de la buena voluntad de quienes la ejercen.

Parecería un callejón sin salida, a menos que regresemos a valores humanos sencillos y esenciales: la búsqueda sincera de la verdad, la confianza en la razón, el respeto a principios universales, el fortalecimiento de la moral, el retorno a la ética, una educación integral, la fe en el ser humano y la honestidad en la vida pública. Estos principios, aunque básicos, representan la esperanza de revitalizar la democracia y devolverle su sentido profundo.

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