Cónclave

Mucho llamó la atención la película Cónclave, de Edward Berger, estrenada hace algunos meses e inspirada en la novela de Robert Harris. El timing de su lanzamiento no pudo haber sido más oportuno, pareciendo incluso profético ante lo que sucedería poco después: el ...

Mucho llamó la atención la película Cónclave, de Edward Berger, estrenada hace algunos meses e inspirada en la novela de Robert Harris. El timing de su lanzamiento no pudo haber sido más oportuno, pareciendo incluso profético ante lo que sucedería poco después: el fallecimiento del papa Francisco y la inminente reunión de cardenales para elegir al nuevo Pontífice.

Si bien es cierto que la mayoría de quienes vieron la película percibieron algunos elementos exagerados, no es menor la impresión de que en este tipo de encuentros prevalecen intereses políticos. Aunque en la historia de la Iglesia Católica algunos protagonistas han mantenido relaciones tóxicas con el poder, quisiera ofrecer una visión distinta de cómo se viven estas reuniones desde una perspectiva profundamente católica.

Encabezar la Iglesia Católica no debería ser entendido como una posición de poder, sino de servicio; así lo ejemplificó su fundador hace dos mil años y lo encarnó su primer sucesor, Pedro. Los últimos Papas han sido testimonio de ello. Desde Juan XXIII y Juan Pablo I, hasta Benedicto XVI y Francisco, se ha percibido una resistencia inicial a aceptar el cargo, la conciencia de la propia fragilidad, el ruego a los fieles para que rezaran por ellos, y una aceptación fundada en razones profundas, alejadas de la lógica tradicional del poder.

Para juzgar el papel de quien encabeza la Iglesia solemos recurrir a categorías propias de CEO, presidentes o reyes. Si bien alguna dimensión del papado puede relacionarse con funciones de gobierno, su esencia va más allá. Los pontificados exigen cualidades de servicio, vida de oración, fe profunda y la convicción de representar a Cristo a través de su labor doctrinal y pastoral.

No faltan los cuestionamientos sobre la aparente falta de modernización de la Iglesia en diversos temas sociales. Al respecto, conviene advertir que la lógica de un Papa no es proyectar una visión personal del futuro, es custodiar un legado que, en la fe católica, fue transmitido directamente por Cristo. Los pontífices no se consideran con autoridad para modificar lo recibido, pues se interpreta como una transmisión divina. Estemos o no de acuerdo con esta visión, vale la pena respetar a quienes, desde lo más hondo de su corazón, creen firmemente en ella, como tantos millones de cristianos en el mundo.

Con frecuencia intentamos comprender por qué el fundador del cristianismo estableció ciertos principios morales o doctrinales. A este respecto, un argumento que siempre he encontrado iluminador sostiene que, si pudiéramos entender plenamente a Dios, seríamos nosotros mismos Dios o Él dejaría de serlo. No resulta absurdo pensar que puede existir una lógica superior a la nuestra y que, en ciertos casos, debemos aprender a descansar en el autor de esa lógica.

Detrás de las posturas morales de la Iglesia suele leerse una actitud conservadora o restrictiva; pocas veces se percibe que esos principios buscan proteger al ser humano en lo que más le conviene, conforme a un diseño divino que ha sido revelado. Habría que intentar comprender qué aspectos de esa sabiduría se encuentran detrás de esos principios para entender que no son fruto del capricho, sino que responden a un sentido profundo que busca el bien de la persona y de la sociedad, desde una perspectiva que sintetiza lo humano y lo espiritual.

Es verdad que existen aspectos esenciales que no cambian, y otros, más accidentales, que sí han evolucionado. En este contexto, el Papa y quienes gobiernan la Iglesia no abordan sus decisiones preguntándose qué desean las mayorías o qué los haría más populares, sino intentando inspirarse en el Espíritu Santo para discernir cuál es la mejor decisión en cada momento y cuál es la voluntad de Dios. Esto no significa que todos los jerarcas lo vivan a plenitud, pero sí que un católico profundo razona de este modo.

Por otra parte, cada pontificado suele enfocarse en algunos aspectos concretos del cristianismo. Es natural que cada Papa impulse ciertos temas. Así, tan católico fue el énfasis de Francisco en los más necesitados, como el de Benedicto XVI en el diálogo entre fe y razón o el de Juan Pablo II en el impulso de una nueva evangelización. En esta lógica, las categorías de izquierda o derecha simplemente no aplican; su raíz es de carácter más sobrenatural.

Sé que en el mundo no creyente no es fácil entender esta lógica o es difícil creer que se da en la vida concreta de personas, más aún cuando se contrasta con los defectos de muchos creyentes. Lo comprendo. Sin embargo, en mi experiencia de católico practicante, puedo afirmar que lo he estudiado con profundidad y a la vez, lo he podido observar en muchas personas que hacen cabeza en instituciones de esta naturaleza y que tienen una perspectiva realmente espiritual y sobrenatural.

De cara a un nuevo cónclave, es normal advertir las notas humanas que subyacen en este acontecimiento, porque sin duda existen. Ciertamente, hay condiciones que pueden hacer más aconsejable el nombramiento de un perfil específico para enfrentar los desafíos contemporáneos. Pero para analizar un cónclave, es indispensable comprender que, más allá de las razones humanas, prevalece una lógica de carácter trascendente: una manera de concebir el poder, de tomar decisiones y de enfrentar las circunstancias que es distinta de nuestras categorías tradicionales de pensamiento.

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