Abundancia que ahoga
El problema de fondo es que el deseo nunca se colma. En el consumismo material, la persona busca saciarse con objetos y por más que siga consumiendo, el vacío permanece. Lo mismo ocurre con experiencias, vivencias religiosas o vínculos afectivos
El consumismo es la inclinación a adquirir bienes o servicios de manera desmedida, más allá de las necesidades reales. Si bien el consumo es inherente a la condición humana —pues buscamos satisfacer nuestras carencias presentes o anticipar las futuras—, el consumismo describe un exceso, muchas veces impulsado por la publicidad, las modas o la búsqueda de estatus. Aunque lo más común es pensar en bienes materiales, existen otros ámbitos donde este fenómeno se expresa, en tiempos recientes, con igual o mayor fuerza: en las relaciones, en lo social, en la vivencia religiosa y hasta en la forma en que acumulamos experiencias.
Nuestra época concede gran valor a lo vivencial y a los servicios que lo propician. El turismo global crece de forma exponencial; los videojuegos, la oferta gastronómica, las múltiples alternativas de entretenimiento, la inmediatez informativa, las plataformas de streaming o la visita a museos son parte de un abanico cada vez más amplio. Estas actividades, cuando se disfrutan con mesura, resultan enriquecedoras. Permiten descansar, aprender, cultivar la mente o, sencillamente, aprovechar el tiempo libre. Sin embargo, al igual que sucede con los bienes materiales, cuando se traspasan ciertos límites o se generan dependencias, el riesgo es evidente.
El entorno digital ofrece un ejemplo palpable. El uso compulsivo de redes sociales, las apuestas en línea o la adicción a los videojuegos han provocado ansiedad y depresión en no pocos jóvenes y adultos. Se trata de un consumo desbordado, sin frenos razonables, que termina afectando la salud mental y el bienestar general.
A ello se suma la conducta de algunas corporaciones, cuestionadas por prácticas como la obsolescencia programada o por estrategias enfocadas en maximizar utilidades a costa de la ecología o de los propios usuarios. El resultado son beneficios económicos inmediatos para unos pocos y costos sociales o ambientales para la mayoría.
Incluso actividades saludables pueden tornarse nocivas si se llevan al extremo. Asistir con frecuencia a conciertos, restaurantes, espectáculos deportivos o eventos culturales, cuando se transforma en necesidad obsesiva, revela un consumismo de experiencias que impacta tanto en el bolsillo como en la vida comunitaria. Y en entornos con altos niveles de pobreza, ciertos consumos superfluos evidencian un contraste doloroso que hiere socialmente. También existe el riesgo, incluso, de un consumismo espiritual, cuando se buscan únicamente prácticas o mensajes que ofrecen alivios superficiales, pero no respuestas profundas. O el consumismo en las relaciones personales, donde otros son utilizados como instrumentos para satisfacer deseos individuales.
El problema de fondo es que el deseo nunca se colma. En el consumismo material, la persona busca saciarse con objetos y por más que siga consumiendo, el vacío permanece. Lo mismo ocurre con experiencias, vivencias religiosas o vínculos afectivos. Si la motivación es únicamente el goce individual, la espiral se vuelve interminable.
En ese sentido, las personas narcisistas o egocéntricas enfrentan un desafío mayor. Si todo lo que me rodea lo interpreto como medio para satisfacer mis apetitos, si el yo se convierte en principio y fin de cualquier acción, el resultado es un círculo vicioso sin salida.
Hace poco leí un texto de José Tolentino de Mendonça, donde aborda precisamente la relación entre el deseo insatisfecho y el ego herido. Su propuesta se expresa sin ambages. El deseo necesita un vínculo, un horizonte ético. Ese marco se construye cuando establecemos relaciones sanas con los demás y con nuestro entorno. Sólo entonces nuestra cosmovisión deja de estar marcada por la mezquindad, la sombra o la rivalidad, y comienza a regirse por el respeto a la dignidad de las personas y por aspiraciones más elevadas.
En cualquier ámbito, el consumismo es una actitud desbordada que no sacia y que, al contrario, desequilibra. Pero el ser humano —capaz de amar, de relacionarse, de aprender y de crecer integralmente— tiene la posibilidad de hallar un equilibrio que implica disfrutar de los placeres legítimos, atender sus inquietudes y, al mismo tiempo, desarrollarse de manera plena, en armonía consigo mismo, con los demás y con el mundo.
