Sueros vitaminados, el engaño

Las mexicanas y mexicanos hemos sido testigos de al menos ocho muertes recientes de personas que no debieron perder la vida. La medicina es una profesión y una actividad de mucha complejidad, que abarca desde principios éticos y humanistas hasta el traslado de argumentos científicos empleados en beneficio de las personas. Obviamente las enfermedades son uno de los temas primordiales que debemos abordar quienes nos dedicamos a esto, con la finalidad inmediata de entender a la persona enferma, hacer los estudios que el caso amerita para arribar finalmente a un diagnóstico como base para proponer un tratamiento, ya sea con la finalidad de controlar la enfermedad, aliviarla o acompañar a la persona.  

Existen, desde luego, muchos matices en ese camino, de acuerdo a la especialidad de la que hablamos, el cirujano general que enfrenta un cuadro de apendicitis aguda tiene la obligación de intervenir bien y rápido a la persona, porque en caso contrario puede fallecer. El caso es muy diferente cuando entendemos la actividad quirúrgica de un cirujano plástico al que se le solicita una reconstrucción del abdomen. En este último caso no hay una enfermedad en los mismos términos que en la apendicitis, acá podríamos entender una afectación psicológica de quien su abdomen le parece desagradable.

En medio de éstos extremos se encuentran una cantidad enorme de especialidades médicas, avaladas por la ciencia y que, desde luego, aportan muchas cosas buenas a la sociedad; pero, por otro lado, y yo diría en otro cajón muy distante, se encuentra un grupo de actividades que se basan en el engaño para quitarle su dinero a las personas ofreciéndoles remedios o tratamientos que carecen de fundamento, pero que a veces emplean algunas de las herramientas que usamos en la medicina moderna. Ése es el caso de los llamados “sueros vitaminados”. Son un engaño mayúsculo y absoluto; no tienen capacidad de curar absolutamente nada y muy probablemente ni siquiera de aliviar. El alivio de la cruda, por ejemplo, que reportan algunas personas, es producto de lo que llamamos “efecto placebo” que simplemente refleja la mejoría por la simple razón de que, antes de la intervención, la persona estaba convencida que así sucedería. 

Si la actividad la realiza un médico o un mecánico el asunto es igual; se trata de un defraudador que lo único que desea es quitarle su dinero a las personas; por eso sostengo que esos sujetos no son mis colegas; son rateros y, en el caso que salió a la luz recientemente, son asesinos. Espero que los conduzcan a la justicia, paguen por sus crímenes y la autoridad sanitaria se ocupe de que ya nadie en el país ofrezca “sueros vitaminados” ni nada parecido. 

Desde luego, la cantidad tan grande de responsabilidades que recaen en un solo organismo, la Cofepris, nos pone de relieve que probablemente se necesita un organismo específico para regular la oferta de tratamientos, que ya hemos visto ofrecidos por un número enorme de charlatanes y engañadores, y que urge regular o prohibir en muchos casos. Ya he hablado en este espacio, por ejemplo, de la cantidad de empresas que ofrecen tratamientos con células madre, seguramente sin ninguna base científica y me parece muy triste que tengamos que esperar a que mueran más personas para que alguien regule el asunto.