Violencia contra la mujer
• Es necesaria la generación de nuevas políticas públicas bien pensadas, encaminadas a salvaguardar la integridad de las mujeres.

Raúl Contreras Bustamante
Corolario
La ola de violencia que vive nuestro país es sin duda una de las mayores preocupaciones para la ciudadanía. Dentro de esta atmósfera de adversidad existen tipos de intimidación dirigida a ciertos grupos que se tornan mucho más sensibles. Me refiero a la violencia contra las mujeres, que en su forma más recrudecida se expresa en los feminicidios.
Según cifras del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública, entre los meses de enero a agosto del año 2015 se registraron 255 carpetas de investigación por feminicidio, para 2019 —en el mismo periodo de tiempo— se registraron 638, es decir, un incremento del 150 por ciento.
Si bien es cierto que la mayoría de los homicidios cometidos en territorio nacional corresponden a hombres, es importante señalar que ha habido un incremento imposible de ignorar, en aquellos a los que a mujeres se refiere.
Y es que la violencia contra las mujeres adopta muchas formas, que van desde el acoso verbal y otras formas de abuso emocional, hasta la violencia física, sexual, la violación, la coerción sexual, el tráfico y trata, así como el feminicidio en sus diferentes tipos.
La doctora Leoba Castañeda define al feminicidio como: “El asesinato de una mujer, por el hecho de serlo. Se hace con saña y crueldad, con odio”.
Es cierto que al hablar de violencia contra la mujer es indispensable discutir respecto de las políticas públicas y la procuración de justicia. Pero en este combate no debemos olvidar que estamos ante un problema que tiene un origen y una base social de diferentes matices.
Y es que una errónea percepción pública del fenómeno de la violencia contra la mujer sucede cuando se suele atribuirla a agresores desconocidos por la víctima, indicando que se producen en lugares y horarios considerados peligrosos, cuando, en realidad, los estudios demuestran que hay más probabilidades de que una mujer sea agredida e, incluso, violada por un varón con el que tiene lazos de parentesco o sociales, que por un extraño.
Debe entenderse que, en la mayoría de los casos, la violencia contra la mujer se produce en el mismo entorno familiar o social.
Lo cierto es que las políticas públicas —como las alertas de género, decretadas en 18 estados de la República— han sido ineficaces, pues en ninguna de estas entidades ha bajado de manera consistente la incidencia de delitos de género.
Es necesaria la generación de nuevas políticas públicas bien pensadas, encaminadas a salvaguardar la integridad de las mujeres, pero lo más importante aún: educar al interior de las familias y la sociedad, para crear un cambio cultural que permita combatir de manera efectiva al fenómeno.
Además, hay que mejorar las condiciones del entorno social en el que se desenvuelven las mujeres. Deben estar aseguradas, de tal forma que una mujer se sienta segura de salir a la calle, a la hora que quiera o al abordar el transporte público o taxi, sin temor a ser atacada.
La construcción de una cultura de la prevención y de una buena educación en este renglón cobra capital importancia, porque lo peor que puede pasarnos es convertirnos en una sociedad de indolentes testigos, frente a una realidad que está cobrando la vida de decenas de mujeres mexicanas que merecen vivir de manera plena el goce de sus derechos.
Es indispensable que sociedad y gobierno cobremos conciencia de la gravedad del problema, porque sólo de manera conjunta podremos relacionarnos de una forma más abierta y respetuosa con los demás.
Como Corolario, la frase del poeta argentino José Hernández: “Sólo los cobardes son valientes con las mujeres”.