Hay decisiones políticas que no pasan por una reforma constitucional ni por un operativo espectacular, sino por algo más elemental: las palabras. Y Claudia Sheinbaum parece haber tomado una de esas decisiones. Poco a poco, la Presidenta está dejando de usar “huachicol” como gran palabra-paraguas del poder para empezar a señalar los delitos por su nombre: robo de combustible, contrabando, mercado ilícito, robo de agua, delitos hídricos. Es una buena noticia. También es un riesgo. Las buenas políticas no siempre vienen con buenas metáforas. “Huachicol” fue una genialidad comunicacional de Andrés Manuel López Obrador. Hay que concedérselo. En 2019, en medio del desabasto de gasolina, la palabra convirtió un entramado de tomas clandestinas, redes criminales, complicidades dentro del Estado y mercados negros en una película entendible por cualquiera. Era breve, pegajosa y moralmente cargada. En boca de López Obrador, “combate al huachicol” sonaba a cruzada: el pueblo contra los ladrones, el presidente contra la corrupción, la honestidad valiente contra la mafia. Como herramienta de comunicación, funcionó. Como concepto de Estado, era otra historia.
Porque el problema de las palabras demasiado exitosas es que terminan comiéndose la realidad. Y “huachicol” se la comió bastante. Primero fue combustible robado. Luego fue huachicol fiscal. Luego huachicol del agua. Con dos conferencias más, podía aparecer el huachicol del aire. Cuando una palabra sirve para todo, deja de describir y empieza a intoxicar. Ya no ordena: embarra. Ése fue el sello de López Obrador: una potencia narrativa fuera de serie, combinada con un desdén por las distinciones que el Estado está obligado a hacer. Su talento consistía en volver frase un fenómeno complejo; su límite, en gobernar como si una frase bastara. Un presidente puede hablar como tribuno. Una república, no. Una república necesita categorías, responsabilidades, diferencias.
Por eso el giro de Sheinbaum importa. La presidenta parece haber identificado que una palabra útil en la coyuntura puede volverse tóxica en el gobierno permanente. No ha desterrado del todo “huachicol”, pero sí está acotándolo, encapsulándolo, bajándolo del trono. Donde antes cabía un costal entero de ilegalidades, ahora empiezan a aparecer categorías más precisas. Y esa precisión no es un capricho técnico: es una forma de honestidad institucional. No es lo mismo perforar un ducto que triangular importaciones; no es lo mismo saquear agua que evadir impuestos; no es lo mismo una economía criminal local que una red de contrabando. Meterlo todo en la misma licuadora verbal podrá dar buenos titulares, pero produce malas políticas y abre la puerta a la impunidad.
Además, Sheinbaum tiene un incentivo adicional para hacer este ajuste: “huachicol” ya dejó de ser sólo una palabra política. Es una palabra popular, folclórica, incluso aspiracional. Es meme, es estigma y, por momentos, hasta una estética. Para botón de muestra, basta recordar al Santo Niño Huachicolero. Y ahí está el peligro. Si todo en este sexenio sigue llamándose huachicol, la etiqueta puede terminar pegándose no al delito, sino al gobierno. A veces el lenguaje no describe un estigma: lo fabrica.
La desventaja es obvia. “Mercado ilícito de combustibles” no tiene el efecto semiótico de “huachicol”. “Delitos hídricos” no tiene la música de una consigna. Sheinbaum gana precisión, pero pierde melodía. Ése es su verdadero reto: demostrar que el lenguaje de Estado no tiene por qué sonar a formulario. Cómo hablar con responsabilidad republicana sin dejar de dar nota. La salida no es regresar al apodo. Es construir una narrativa más responsable: menos folclor y más precisión jurídica; menos mito y más claridad semántica; menos sobrenombre y más Estado. Decir quién roba, cómo roba, a quién perjudica y cuánto cuesta. Algo que, de pasada, facilitará la comunicación del gobierno de México con el de Estados Unidos y con los de todos los países con los que existe coordinación y colaboración para combatir estructuras criminales.
López Obrador hizo del “huachicol” una marca comunicacional imbatible. Sheinbaum identificó algo más difícil y trascendente: que un Estado no puede gobernarse para siempre desde el aforismo. Y, en estos tiempos, eso no sólo es buena noticia: es revolucionario.
