Como he venido diciendo en algunas de mis columnas, Donald Trump puede ser una medicina difícil de tomar, pero es medicina para Occidente. Estoy consciente también que sus formas le generan más animadversión que las de otros presidentes de Estados Unidos, porque no tiene empacho en comportarse como lo que es, el hombre más poderoso del mundo.
Nadie puede decir que es tonto, desde 2015 empezó una carrera electoral en las condiciones más difíciles posibles. En ese entonces, todos los astros estaban alineados para que el próximo candidato a la presidencia por el Partido Republicano fuera Jeb Bush, hijo y hermano de los expresidentes Bush. Estados Unidos se dirigía a una aceptación tácita de que su sistema político se había convertido en una dinastía con los Bush por un lado, y los Clinton por otro.
Adicionalmente al señor Bush se presentaron por la candidatura otras figuras muy relevantes del Partido Republicano que incluían a senadores y gobernadores, es decir, todos con un puesto público que les daba una ventaja, supuestamente relevante, frente a Trump. Donald Trump empezó su proceso rompiendo todas las tradiciones no escritas de moralidad y decencia, y destruyó a cada uno de sus oponentes entre motes y una fijación en los temas que debían importar a los estadunidenses de a pie; particularmente a los blancos que habían sido tan maltratados por el wokismo demócrata durante años (me consta).
Después, nadie pensó que pudiera ganarle a Hillary Clinton, secretaria de Estado del gobierno de Obama, exprecandidata y esposa de Bill Clinton. Pero, una vez más, menospreciaron las habilidades del presidente Trump, que siempre tiene como objetivo la eficacia, sin importar las formas, los procedimientos o lo que la gente piense. Su primera presidencia, estuvo limitada en eficacia por tener que depender de un sistema burocrático que sabía como entorpecer las iniciativas del presidente (el famoso Deep State).
En términos de política exterior, volvemos a las fijaciones del presidente Trump y, desde entonces, su petición y queja con los socios europeos en términos de no contribuir a la inversión en defensa de la propia Europa. Su punto entonces y a falta de entender al personaje, me parecía injusto y, confieso, que hoy lo veo distinto. Para parte de Estados Unidos, la falta de inversión en defensa y en contribuciones a la OTAN, han permitido a ciertos países destinar esos recursos al famoso estado de bienestar europeo.
Tal vez no se veía con claridad en 2016, lo que hoy es evidente y que tenía identificado Trump y parte del gobierno. Europa se estaba volviendo un problema para Estados Unidos y, además, se estaba usando dinero de los contribuyentes estadunidenses para financiar temas que han anestesiado a la sociedad de Europa, gracias a un izquierdismo disfrazado que ha creado el Estado más burocrático de mundo detrás de China, sólo que ineficaz.
Trump llega a su segunda presidencia con todos los factores en contra y con todo el establishment atacándolo por todos lados. Esta vez, siendo una segunda presidencia y no pudiendo (supuestamente) presentarse a un tercer periodo, pudo desmembrar esa estructura burocrática que lo frenó en su primer término.
Recordemos la premisa que ha acompañado a Trump: la eficacia. Hoy lo vemos en la práctica. Ha dejado de contribuir fondos que no tenían control sobre su destino, se ha salido de organismos multilaterales que no han servido para nada, ha destruido el prestigio y borrado funcionalmente a la ONU, otro vestigio burocrático inservible, y hoy apunta hacia Europa. Quien crea que es un berrinche o capricho, no ha entendido que ha habido muchos avisos: el vicepresidente Vance el año pasado, Rubio este año y Hegseth con la presentación del concepto greater North, que es una redefinición de Occidente, pero sin Europa.
Europa debe entender la gravedad de su situación y aceptar su rol como inventora de Occidente antes de convertirse en una extensión de Oriente Medio, como ya la ven algunos.
