Desde siempre han existido personajes que viven el “sueño del dictador”, ese deseo profundo de control absoluto, poder sin límites y permanencia eterna, lo cual contrasta con la realidad de opresión y miseria que sufre la sociedad. Así tenemos los ejemplos de Castro en Cuba, Stroessner en Paraguay, Videla en Argentina y Pinochet en Chile que han llegado con la bandera de la liberación, el progreso y demás, y terminan siendo peores que quienes los antecedieron. Ese sueño lo tuvo hace siete años el señor que ya no está aquí, y ahora vemos que surge de nuevo otro “libertador”, Daniel Ortega.
La vida de Daniel Ortega no es muy diferente a otros, es un exguerrillero y político nicaragüense, pasó varios años en prisión (1967-1974), fue líder del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) y fue presidente de Nicaragua en los periodos de 1985-1990 y desde 2007 hasta la actualidad.
La llegada de Ortega se consideró un cambio benéfico para Nicaragua, ya que se convirtió en uno de los comandantes principales que lograron derrocar al régimen de Anastasio Somoza en 1979.
Pero desde el principio, los observadores señalaron que Ortega quería consolidar un régimen de partido único, y así se ha visto, sobre todo después de la represión de las protestas de 2018 que dejó más de 300 muertos.
Pero Ortega ha seguido trabajando: modificó la Constitución y las leyes para concentrar más poder en la Presidencia y eliminó los límites a la reelección. Asimismo, encarceló, exilió o inhabilitó a los aspirantes presidenciales de los partidos opositores, y consolidó el control del Poder Judicial, la Asamblea Nacional y el Organismo Electoral.
Y ahora, durante el aniversario 47 de la revolución sandinista, Ortega descartó de manera terminante realizar elecciones en las que compitan sus adversarios, a los que calificó de “vendepatrias” al servicio de EU.
Una vez más, podemos ver con tristeza que detrás de un prócer hay un hombre que, al llegar al poder, olvidó todos sus propósitos, los discursos y las promesas y se convirtió en un dictador más.
¿Por qué digo esto?, porque, aunque al aparecer vemos diferentes “modos” de actuar en nuestros países, Nicaragua y México están en las mismas condiciones. El infausto señor que ya se fue quiso hacer lo mismo que Ortega desde el primer día:
Desde que tomó posesión inició el desmantelamiento de todas las instituciones que habíamos construido los mexicanos:
Se apoderó el Poder Legislativo por diversas maniobras, para que la oposición no tuviera posibilidad de ganar un solo debate.
Se apoderó del Poder Judicial, transformando la SCJN en un organismo débil, encabezado por individuos tan ignorantes como corruptos.
Se apoderó del INE. Y ahora, cuando Somos México ya se consolidó como partido político ignora los delitos de cientos de huachicoleros de la Cuatroté, pero se apresuran a detener a Ernesto Ruffo Appel; de poco han servido las denuncias al respecto, los huachicoleros serán protegidos, pero el disidente irá al tambo.
Tal parece que son vidas paralelas, la de Nicaragua y la de México, porque allá, Ortega aseguró que no habrá elecciones y que pondrá un muro a los “golpistas” para que nunca lleguen al poder; en tanto aquí, la 4T busca por todos los medios evitar que quienes anhelamos la justicia, la libertad y elecciones libres, podamos consolidar un movimiento que tenga efecto real en el destino de México.
A pesar de los lamentables tiempos que nos aguardan, cientos, miles, millones de mexicanos queremos ser libres, deshacernos de la terrible maldición que orquestó aquel que ya no está aquí, y reemprender un camino de reconciliación, de la armonía y del crecimiento real.
Porque si seguimos por este lamentable camino, el resultado al final será la pobreza y miseria real y moral de todos los mexicanos, y eso no lo debemos permitir.
Siempre habrá ocasión de actuar: con la familia, los vecinos, los amigos, los compañeros de trabajo, y con los partidos políticos; tal vez haya una nueva “marea” o manifestaciones multitudinarias en las plazas, pero lograremos que prevalezca la libertad.
