Ser viejo… gracias a la vida
Mi querido viejo: aquí hemos compartido, durante ya muchos años, sueños, reflexiones. pesares, alegrías, consejos, chistes y demás; debo decirte que siempre es un placer pensar, escribir, corregir, y compartir los textos que encuentro, así como sugerencias de mis ...
Mi querido viejo: aquí hemos compartido, durante ya muchos años, sueños, reflexiones. pesares, alegrías, consejos, chistes y demás; debo decirte que siempre es un placer pensar, escribir, corregir, y compartir los textos que encuentro, así como sugerencias de mis lectores, pero hoy es un día especial que con toda alegría quiero compartir contigo.
Porque mañana se cumplirán 87 años en que allá en el Sanatorio Español, donde trabajaba mi padre como médico, vine al mundo cobijado por el amor de mis padres y de la familia. No te contaré mi biografía, pero quiero en estas líneas dar mi agradecimiento a todas las personas que de un modo u otro forjaron mi vida.
Y aquí estoy, recordando, como si fuera ayer, a mi madre sonriendo siempre y preparando ricas comidas, y a mi padre llegando a la casa cargando muchos libros, los libros que me iniciaron en el mundo: 20 mil leguas de viaje submarino, de Julio Verne; El Corsario Negro y El Capitán Tormenta de Emilio Salgari; Los Tres Mosqueteros de Alejandro Dumas, y tantos y tantos más, junto con El libro de los porqués, El mundo pintoresco, la enciclopedia de Espasa Calpe –que llegó con su librero–; esos libros fueron mi alegría, mi pasión por leer sigue hasta hoy, y seguiré disfrutando el maravilloso placer de la lectura.
Luego, en el Colegio Cristóbal Colón, durante los 12 años conocí los valores y principios del ser humano, compartí con mis compañeros, mis maestros no sólo me ensañaron, me educaron y eso fue decisivo en mi vida, porque al llegar a la universidad, mi UNAM, descubrí nuestro mundo en toda su dimensión, y me prometí hacer todo lo posible por ser hombre de bien y vivir feliz.
Mi mundo se engalanó cuando conocí a una joven, Imelda Sonrisa, que con su gentileza y su acento peninsular me cautivó. Nuestro matrimonio sacó chispas en la familia, pero juntos vivimos años felicísimos, y nuestros hijos Maricarmen, Rafael y Charlie llenaron nuestro hogar de felicidad. Viajamos, disfrutamos, y ellos iniciaban sus vidas cuando mi Imelda falleció, tragedia que no puedo describir y afectó a todos.
La vida siguió, yo me sumergí en mi carrera como cirujano, mi vida era trabajar, trabajar, y trabajar; viajé mostrando mis experiencias quirúrgicas, cuando un día encontré unos ojos “color del tiempo” y una mirada que me cautivó; Alicia Verdad me devolvió el amor por la vida, y así hemos viajado felices y alegres por todo el mundo mostrando mi trabajo de cirujano y conociendo países y amigos, hasta que hace diez años colgué los guantes.
Por todo esto, quiero –como canta Mercedes Sosa–, dar “gracias a la vida, que me ha dado tanto”; gracias con una sonrisa, gracias por estos días, meses, años; gracias a mis padres, amorosos, que me cuidaron y educaron, a mis compañeros, a mis maestros, a mis amigos, a mis consejeros, que lograron hacer de mí lo que soy.
Gracias a Imelda Sonrisa y Alicia Verdad, por todo su amor cuya dimensión nunca imaginé, gracias a mis hijos queridos, que siempre han estado cerca de mí y, ahora más que nunca, su alegría contagiosa y su apoyo me hacen mucho bien y gracias a los hijos de Alicia y a nuestros siete nietos, que son fuente de gozo y sonrisas.
Si escribo estas líneas, querido viejo, es porque sé que tú piensas y sientes igual, que vives cada minuto de cada día intensamente; yo disfruto llegar a esta edad, con un cuerpo aceptablemente sano y mis celulitas grises funcionando; eso merece una celebración; doy y daré gracias a la vida en cada amanecer… ¿y tú?
