De las sonrisas a las carcajadas
Mi querido viejo: la vida tiene, tú lo sabes bien, altos y bajos, y la misión, el dolor –y el placer– de vivirlos plenamente son la base de eso que llamamos existencia. Pocos de nosotros hemos vivido sin problemas o dificultades, la mayoría hemos sido sanos, luego ...

Rafael Álvarez Cordero
Viejo, mi querido viejo
Mi querido viejo: la vida tiene, tú lo sabes bien, altos y bajos, y la misión, el dolor –y el placer– de vivirlos plenamente son la base de eso que llamamos existencia.
Pocos de nosotros hemos vivido sin problemas o dificultades, la mayoría hemos sido sanos, luego enfermamos de algo leve, tal vez un golpe o una torcedura, y seguimos adelante, la mayoría tenemos trabajo y lo disfrutamos, la mayoría ha podido salir de la ciudad en familia para conocer otras ciudades u otros países; o sea, que la vida con altos y bajos es lo que tenemos, y creo que si estamos aquí y puedes leer estas líneas, es momento de dar gracias a la vida por los años que has (hemos) vivido.
“Confieso que he vivido”, dice el poeta Pablo Neruda, y esa sola afirmación le da sentido a nuestras vidas. Darnos cuenta que los días no pasan en balde, que unos tendrán más y otras tendrán menos peso, pero eso es el resumen de lo que somos y hemos sido.
Tengo historias de amigos y compañeros que pueden llenar libros enteros, pero hoy te ofrezco mis disculpas si me he de referir a dos hechos que me han marcado personalmente en estos meses.
Siempre he sido optimista, “optimista irredento”, me decían mis amigos, y así fue por muchos años; venturosamente llegué a mi cumpleaños 85 con buena salud, los achaques de un nervio lastimado, un hueso adolorido, etcétera, pero nada más.
Y he aquí que, cuando nos preparábamos para celebrar el fin del año, y me disponía a dormir, sufrí un ligero resbalón y no pude evitar la caída sobre el lado derecho. Lo que ocurrió es historia, porque Alicia se encargó de llevarme al hospital, donde fui operado de la cadera y me he recuperado totalmente.
Ya en otra ocasión he comentado el papel de Alicia, como superenfermera y rehabilitadora; gracias a ella estoy aquí, no insistiré en este asunto porque sé que hay miles de hombres y mujeres que atienden a sus seres queridos de la mejor manera.
“Confieso que he vivido”, repetí una vez más al recuperarme de mi fractura del fémur y, cuando menos lo pensaba, Alicia organizó un fin de semana insólito, en el paraíso terrenal, ubicado en una bahía en Huatulco. Huatulco Secrets, se llama, y fue sugerencia de mi cirujano, el doctor Enrique Chicharro.
Y nuevamente surgió la sonrisa, una amplia sonrisa al disfrutar el paraíso terrenal en un conjunto que ofrece todo, buen alojamiento, buena comida, pero sobre todo buena, excelente, atención de todos los empleados; todo lo cual culminó con una opípara cena en la playa mientras la luna llena nos saludaba como hace 37 años. Renació la sonrisa, la alegría de vivir, el placer de compartir el amor y dar gracias a la vida por un día más.
Pero todo esto, querido viejo, no tendría razón si no te cuento lo que sucedió anoche, al disponerme a dormir: de buenas a primeras, al verme en el espejo y contemplar mi figura, que ciertamente no es la que fue, con arrugas, pecas, etcétera, no pude menos que exclamar gritando: ¿de qué te quejas, viejo?, ¿qué esperabas?, ¡ya tienes 86 años!, y solté la carcajada más sonora que he soltado en meses, porque me di cuenta que es cierto: “confieso que he vivido”, y aquí estoy.