Ciudad amurallada, mentes amuralladas

Quien llegara por primera vez a esta ciudad juraría que estamos en guerra; quien viera Bellas Artes, la Catedral y el Palacio Nacional amurallados con bardas metálicas...

Los muros están hechos de miedo; los puentes, de amor.

Mehmet Murat Ildan

Amo a mi ciudad; aquí nací y tengo los recuerdos más hermosos de mi infancia; recuerdo ir a la escuela sin miedos, recuerdo al policía de la esquina que me saludaba cuando regresaba a casa, recuerdo los días de campo en Chapultepec y los paseos alegres con un barquillo de limón en la mano; recuerdo los primeros ensayos deportivos con los compañeros de primaria. Y al recordar todo lo que tenía esa ciudad en la que nací me da tristeza ver en qué se ha convertido: ciudad triste, amurallada, sucia por los miles de pintas, denuncias y consignas, ciudad del miedo.

Quien llegara por primera vez a esta ciudad juraría que estamos en guerra; quien viera los edificios, los monumentos, Bellas Artes, la Catedral y el Palacio Nacional amurallados con bardas metálicas de más de tres metros de alto, pensaría que algo grave está sucediendo o va a suceder.

Pero tal parece que los capitalinos nos hemos acostumbrado a vivir amurallados; y podemos recordar los principios del sexenio pasado, cuando el señor que ya se fue decidió vivir en Palacio Nacional, pero alzó desde entonces unas murallas “para proteger al Palacio”, cuando en realidad lo hizo para evitar el contacto con los ciudadanos.

Y así, amurallados, los funcionarios del sexenio anterior y los de este sexenio, evitan el contacto con cualquier ciudadano, y por eso las demandas de todo tipo no son escuchadas, y no sólo eso, sino que son denunciadas como “maniobras de la derecha”.

Y por eso nadie hace caso de la violencia que cubre todo el país; miles de asaltos, robos, secuestros, desapariciones, enlutan todo el territorio nacional, pero nadie hace nada para resolver este problema. Nadie hace caso de la crítica situación a la economía, denunciada una y otra vez por los especialistas e investigadores que afirman el país está quebrado.  

Nadie hace caso de la crisis de salud que ya lleva siete años, nadie responde por las carencias que causan enfermedad y muerte de los ciudadanos.  

Nadie hace caso de la crisis en educación, que lleva a nuestros niños a la miseria mental y cultural.

Y lo mismo sucede con la industria, las comunicaciones, la agricultura, y todo lo demás: nadie hace caso a pesar de las múltiples denuncias de investigadores nacionales y extranjeros.

¿Por qué ese silencio?, porque los cerebros de los funcionarios están amurallados, cerrados frente a cualquier demanda o denuncia.

En el Salón Tesorería, las demandas de los ciudadanos se enfrentan a un cerebro amurallado, no hay forma de dialogar, porque ese bloqueo que se inició en 2019 sigue hasta hoy; es patético –“da pena ajena”, diría mi tía–, escuchar las repuestas y evasivas a los cuestionamientos o demandas ciudadanas.

Mi ciudad está triste por las murallas infames, por los actos vandálicos de los delincuentes ya conocidos, por la incapacidad de la Policía para enfrentarlos, y por la vergüenza e indignación que causa verlos agredidos sin que se puedan defender.

Esa cerrazón mental es la que está destruyendo al país, los funcionarios, incapaces, ineptos, y además corruptos, dejan que todo siga igual o peor.

Éste no es mi México, no es el país que forjaron nuestros maestros, que construyeron para beneficio de todos; éste no es mi México, es una mala copia de una dictadura que sólo causa “llanto y crujir de dientes”.

Sueño con el México limpio, vibrante, libre y digno. Odio las murallas, sean en las calles o en las mentes de quienes en el fondo son incapaces de ver la realidad.

Y seguiré insistiendo, seguiré exigiendo que seamos escuchados, sabiendo que las murallas en los cerebros impiden que esto cambie. Amo a México.

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