La dicha inicua de perder el tiempo
“Sabia virtud de conocer el tiempo”, R. Leduc. Querido viejo: muchas veces he hablado aquí de la importancia que tiene para todos los seres humanos, niños, adultos, viejos, el contacto con los otros miembros de la familia, con parientes, compañeros, amigos y aun ...

Rafael Álvarez Cordero
Viejo, mi querido viejo
“Sabia virtud de conocer el tiempo”, R. Leduc.
Querido viejo: muchas veces he hablado aquí de la importancia que tiene para todos los seres humanos, niños, adultos, viejos, el contacto con los otros miembros de la familia, con parientes, compañeros, amigos y aun desconocidos; se estrechan los lazos emocionales, surge una hermosa comunicación tanto verbal como no verbal, y tanto la cercanía corporal como, incluso, el contacto físico actúan como redes que van envolviendo al ser humano y lo enriquecen constantemente. Los niños necesitan el contacto con sus papás, en especial con la mamá, los adolescentes descubren el mundo mejor cuando están en grupo que cuando son solitarios y aislados, los adultos enriquecen sus vidas con los compañeros de trabajo, los vecinos y los amigos que se van forjando día a día.
¿Y los viejos?, los viejos necesitamos más que nadie el contacto físico, verbal, emocional con nuestros familiares, compañeros y amigos. Y te quiero relatar lo que me ocurrió cuando nos citamos en un restaurante unos compañeros de escuela, como lo hacemos cada mes o dos meses, y la sorpresa fue que a algunos de ellos no los había vuelto a ver por decenios.
Y ahí llegamos, casi puntuales a pesar de las vicisitudes del tránsito capitalino, que es complicado y parece que en un momento todos los vehículos se quedarán varados para siempre.
La llegada de cada uno fue motivo de alegría, abrazos, sonrisas, comentarios más o menos jocosos en torno a cómo ha tratado la vida a cada quien; unos llegaron desde el otro lado de la ciudad, uno de ellos vino especialmente desde Morelia y todos celebramos con un buen aperitivo este encuentro.
Y por supuesto surgieron tanto los comentarios y relatos de lo que cada quien ha vivido, de sus amores, de sus familias, se mostraron orgullosos las fotos de los nietos y bisnietos, y la alegría siguió creciendo al llegar el momento de ordenar lo que cada quien deseaba comer.
Y cuando llegaron los platillos, todos muy bien preparados, sabrosa y atentamente servidos, se abrieron botellas de vino generoso de la mejor calidad, que logró un maridaje espléndido con las viandas que habíamos ordenado. Y como era de esperarse, surgieron los recuerdos, tímidos al principio: -¿te acuerdas de fulano de tal?, ahora es un potentado; ¿y zutano de cuál?, murió hace tres años; y casi sin querer hicimos un recuento de los compañeros que ya no están aquí, lo que nos permitió, alzar la copa y brindar por la vida, la de quienes ya no están, y la nuestra, ¡faltaba más!
A diferencia de lo que sé que hacen las mujeres cuando se reúnen, que hacen recuento de achaques y enfermedades, nosotros pasamos por alto ese tema, y yo conversé con ellos del programa que tiene el gobierno de Japón, que se llama “Sanos a los 90”, como un proyecto de vida para que todos los japoneses vivan bien hasta esa avanzada edad. ¿Qué se necesita hacer?, me preguntaron, y les dije: lo que estamos haciendo ahora: conocer y cuidar la salud, comer bien, hacer ejercicio, disminuir el estrés y reunirse con los amigos.
Reímos, cantamos, recordamos anécdotas de hace más de 65 o 70 años, con una precisión como si hubieran ocurrido ayer, comentamos los apodos que tuvimos en aquellos años, los momentos chuscos y minitragedias que nos ocurrieron, y casi sin darnos cuenta, pasaron las horas.
Y cuando alguien en una mesa cercana comentó en voz baja: -¿estos viejitos no tienen qué hacer?, sólo están perdiendo el tiempo; yo recordé los maravillosos versos de Renato Leduc, que nos recordó que el tiempo es valioso, que es una sabia virtud el conocerlo, saberlo usar, y que eso que alguien llama “perder el tiempo” no es tal, sino que al reunirnos como lo hicimos, cada minuto nos enriquece con la presencia y la palabra de los compañeros, y por eso el poema de Leduc termina alabando “la dicha inicua de perder el tiempo”, ironía magistral, porque perder el tiempo como lo hicimos, no tiene nada de inicuo, sino que es una de las razones para seguir aquí en este mundo.
Y tú, querido viejo, ¿disfrutas la dicha de perder el tiempo con tu familia, tus compañeros y tus amigos?, si es así, vivirás muchos años más.
Médico y Escritor. raalvare2009@hotmail.com