Fiebre amarilla

¿Puede un gobernante comenzar su periodo con 64 puntos de popularidad y encontrarse, año y medio después, con un apoyo de sólo 23 por ciento? Eso le pasó al presidente francés Emmanuel Macron, quien ganó las elecciones de 2017 con la promesa de acabar tanto con la ...

Pascal Beltrán del Río

Pascal Beltrán del Río

Bitácora del director

 ¿Puede un gobernante comenzar su periodo con 64 puntos de popularidad y encontrarse, año y medio después, con un apoyo de sólo 23 por ciento?

Eso le pasó al presidente francés Emmanuel Macron, quien ganó las elecciones de 2017 con la promesa de acabar tanto con la esclerosis social provocada por los partidos tradicionales como con la ola de populismo que recorre Europa.

Todo había comenzado bien para el joven banquero convertido en político. Su elección había inyectado ánimo en el país y reivindicado el papel de la política, de la que ya renegaban los franceses.

Para ganar los comicios, Macron se había colocado por encima de las viejas coordenadas de izquierda-derecha y apelado a los “progresistas de cualquier orientación”.

A los indecisos, el candidato de La República en Marcha —el partido que fundó un año antes de ir a las urnas— había ofrecido ser una alternativa a un espectro temido por diversos grupos de la sociedad: el Palacio del Elíseo en manos del ultraderechista Frente Nacional, de Marine Le Pen.

Cuando uno revisa las encuestas y trata de entender cómo pudo caer tan bajo en el apoyo popular, aparecen señalamientos a su desapego por las expectativas que generó su victoria electoral. Se le juzga como “arrogante” y “superficial”. El tono de sus discursos, que en la campaña generaban emoción, hoy es fuente de agacement, de irritación.

Bastantes problemas tenía ya Macron con esa imagen de alejamiento de la ciudadanía, cuando decidió dar a los consumidores una ducha fría: aplicar el TICPE, el impuesto que ya existía para los energéticos, al propano y butano que usan para calentarse. El fin de la excepción fiscal de que gozaban esos productos entró en vigor a principios de abril de 2018.

Posteriormente, hacia fines del verano, el gobierno francés decidió elevar el TICPE al 11.5%, para aplicarse a partir de 2019.

Ambas medidas causaron enojo social, mismo que se montó sobre la acción de movimientos contestatarios espontáneos que habían aparecido en Francia a principios de 2018, uno de ellos en contra de la reducción de la velocidad máxima, fijado en 80 kilómetros por hora en buena parte de la red carretera del país.

Esas manifestaciones de protesta habían sido bautizadas como colère (ira) y comenzaron a distinguirse por el uso de chalecos de alta visibilidad, una prenda que los conductores están obligados a llevar en su vehículo y portarlo en caso de que tengan que bajar de él por un accidente o una descompostura, de acuerdo con una ley en vigor desde 2016.

Dichos chalecos existen en muchos colores, aunque fueron los amarillos los que comenzaron a aparecer en las protestas. No sería sino hasta que éstas se extendieron por el país, en noviembre pasado, cuando el movimiento fue bautizado como Gilets Jaunes (Chalecos Amarillos).

Las redes sociales jugaron un papel central como catalizadores de las manifestaciones, que comenzaron a realizarse cada sábado. Era la primera vez que un movimiento nacido en las pantallas de teléfonos celulares y computadores tenía tal impacto político.

El 17 de noviembre, los chalecos amarillos realizaron su primer bloqueo de carreteras en muchos departamentos del país, una idea que retomaron de dos camioneros que, a través de Facebook, habían convocado a un bloqueo nacional contra el alza en el precio de los carburantes.

En general, este movimiento —cuyas acciones han tenido repercusiones mundiales— refleja la molestia de amplios sectores de la sociedad francesa con el alza en el precio de la vida. Tomó fuerza en las áreas suburbanas, donde las personas que trabajan en las ciudades no pueden depender del transporte público y requieren del auto para desplazarse. Es frecuente que en esos hogares haya más de un vehículo.

Y es también resultado del hartazgo de los franceses con sus políticos, a los que ven como insensibles e incapaces de generar los satisfactores que sus gobernados están esperando.

Los chalecos amarrillos representan una ruptura social con la política, dicen los especialistas. Y, en el caso de Macron, una decepción por el incumplimiento de sus promesas de campaña, particularmente por no haber generado una mejoría en los niveles de vida.

¿Cómo podía hacerlo en sólo 18 meses? Quizá era demasiado esperar resultados tan pronto, pero los chalecos amarillos son un ejemplo de la paciencia social que se agota rápidamente.

Han de tomar nota de ello los gobernantes en todo el mundo —el internet ha hecho más fácil conocer cómo y cuándo surge este tipo de movimientos y replicarlos—, independientemente de los niveles de popularidad con que comienzan su gestión.

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