Pat Manuel

Las novelas acechan; habemos algunos convencidos de que así es. Ese territorio de la expresión que conocemos como ficción se alimenta de una infinita cantidad de acontecimientos cotidianos. Quien quiera escribir puede padecer si piensa que su imaginación incapaz le ...

Las novelas acechan; habemos algunos convencidos de que así es. Ese territorio de la expresión que conocemos como ficción se alimenta de una infinita cantidad de acontecimientos cotidianos. Quien quiera escribir puede padecer si piensa que su imaginación incapaz le niega una buena historia, suponiendo de manera errónea que debe ser por entero de su autoría para ser novela. Mientras tanto nos van pasando por enfrente tantísimos relatos que merecen tratamiento literario. “Ahí está la novela”, pudiera ser la sentencia que señalara el destino estético de cualquiera de estos sucesos. Una detallada nota firmada por JC Vargas y publicada en Excélsior (2/04/12) ofrece de pronto la posibilidad de recreación literaria a partir de un conjunto de anécdotas que permiten plasmar demandas y ofertas sociales para las personas con una identidad transgénero. Pat Manuel, una chica de entonces 19 años, practicaba el boxeo cuando este deporte se incluyó en la agenda de los Juegos Olímpicos para la competencia femenil por primera ocasión, en el evento de Londres (2012). Pat participaba en un combate eliminatorio para la justa olímpica, cuando se lesionó el hombro y perdió el derecho a un lugar para competir. El video de la pelea, accesible en YouTube, muestra a una boxeadora rápida tirando más que buenas combinaciones. Meses después de su eliminación, Pat decidió pasar por los procedimientos quirúrgicos necesarios para cambiar su sexo y convertirse en boxeador profesional. Una vez logrado el cambio, Pat tuvo constantes dificultades para conseguir entrenador, para que sus potenciales rivales aceptaran pelear con él, y para que los organismos oficiales accedieran a sancionar sus peleas. Hoy tiene 32 años y consiguió apenas dos combates profesionales.

Su extraordinaria fortaleza descansa muy posiblemente en su diversidad genética: hija de un afroamericano al que nunca conoció y de una mujer con ascendencia irlandesa y mexicana, excelente mezcla —puede decirse— para dedicarse al boxeo. Cualquiera opinaría que debió quedarse en el boxeo femenil para cumplir sus anhelos. No sucede así con quienes son transgénero, la dualidad provoca malestar e insatisfacción constantes que sólo se resuelven con el cambio quirúrgico y hormonal.

Creo que existen motivos para ser optimistas por lo que se refiere a la comprensión de esta condición y de sus implicaciones, así como la del resto, conocidas globalmente como LGBT. Dos reglas básicas no deben ser pasadas por alto: 1. La identidad sexual y de género radica en el cerebro, es inducida genéticamente en razón de alguna predisposición, y únicamente es troquelada por el entorno y la cultura, a partir siempre de las inclinaciones naturales de quien sea homo o heterosexual. 2. Esta identidad cerebral no es susceptible de modificación, mucho menos de moralización, para que cualquier enfoque a partir de normas religiosas no haga sino generar un sufrimiento injusto. Más allá de las reglas, innegable el mérito de los millennials en el manejo de taras morales, todavía hay grupos e intereses empeñados en ocultar, condenar y reprimir, de una manera verdaderamente vergonzosa para la época. Hasta su santidad Francisco se ha pronunciado de cuando en cuando a favor de la comprensión, la empatía y la integración. Sus intervenciones al respecto han provocado esa voz absurdamente moralizadora de los jerarcas de la Iglesia. Las sociedades tenemos hoy la irrenunciable responsabilidad de garantizar el derecho a la expresión, a la integración de parejas homosexuales, al matrimonio, la procreación y la crianza. Para tranquilidad de todos, las personas LGBT no están a la espera de lo que aceptemos hacer por ellos. Sencillamente avanzan en la dirección correcta. Hay que escribir la novela de Pat Manuel, emblemática como sería de un tópico non, con el que no podemos dejar de ser empáticos.

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