¿Empatía con los victimarios?
Será culpa de La Cuarta Compañía, de repente me asedian los temas carcelarios, en la siguiente secuencia: 1º de abril de 1983 hace ya 35 años: consigo empleo como siquiatra en el Centro de Readaptación Social Varonil de Hermosillo, Sonora. Las opiniones de amigos y ...
Será culpa de La Cuarta Compañía, de repente me asedian los temas carcelarios, en la siguiente secuencia: 1º de abril de 1983 (hace ya 35 años): consigo empleo como siquiatra en el Centro de Readaptación Social Varonil de Hermosillo, Sonora. Las opiniones de amigos y familiares coinciden en que corro peligro, que seré usado como mula para meter y sacar de la cárcel lo que sea necesario, mi familia será amenazada, seré obligado a firmar dictámenes periciales en favor de los delincuentes y un terrorífico etcétera. Trabajé ahí casi tres años y nunca sucedió nada de eso. Al contrario, entendí cuál era el reto: la empatía que hace falta para ser médico si los pacientes son criminales. 1º de mayo del 1999: empecé a trabajar como presidente del Consejo Tutelar para Menores del Estado de Sonora. Entre otras responsabilidades, debía operar el Centro de Readaptación Social para Menores que tuvieran entre 15 y 17 años de edad. La institución contaba con sicólogos, pero para entonces sólo interactuaban con los internos para asuntos administrativos, siempre a través de una reja que garantizara su seguridad. Se organizaron grupos de terapia para los menores, eliminando la reja. La medida causó pavor a la mayoría de los sicólogos; la peligrosidad de los internos era el argumento. Febrero de 2003: Icíar Bollaín, talentosa directora catalana, recibe el Premio Goya a mejor director por la película Te doy mis ojos, cine de primera para explorar la violencia masculina perpetrada contra sus parejas. La novedad en la historia es un grupo de terapia sicológica, para los agresores en este caso, no para las víctimas. 16 de abril de 2018: El País publica un reportaje de Nacho Carretero, titulado: Terapia para rehabilitar a maltratadores. El trabajo de Carretero consigna las experiencias de diversos programas de ayuda sicológica a agresores de sus parejas. Es posible comenzar a argumentar citando la eternamente paradójica consigna de las cárceles: “readaptar”, “rehabilitar”, “enderezar”, “curar” a los delincuentes de su sociopatía para permitirles vivir en sociedad. Hoy día es perfectamente claro que semejante pretensión ha resultado universal y completamente inútil. Se trata entonces de ofrecer alternativas de sanidad a la violencia masculina, pasando por alto el castigo, hasta hoy el único y absurdo argumento a favor de la cárcel.
Pria–Ma es un programa que recibe agresores cuyas condenas no rebasen los dos años de prisión, siempre y cuando no tengan antecedentes penales. Luisa Nieto, la terapeuta, cree que es posible desactivar creencias machistas y construir nuevas creencias. En ello coinciden todos los terapeutas entrevistados. Bárbara Zorrilla asegura que la mejoría sólo es posible si los hombres no son obligados a recibir terapia, y lo hacen por decisión propia. Sin embargo, persiste un activo debate en el que participan “voces feministas”. Además de las opiniones que consideran imposible el cambio, existen críticas relativas al financiamiento de los programas mediante el uso de fondos públicos. Virginia Gil y Esperanza Bosch, ambas expertas, afirman que no quieren que el dinero para estos programas provenga de los fondos de ayuda a víctimas. También se discute si es válido victimizar al maltratador. Luisa Nieto hace un comentario muy agudo: “Los hombres también son víctimas del patriarcado, y si no lo revertimos va a seguir habiendo maltrato”.
Todas estas iniciativas provienen de la sociedad civil, no del Estado, que parece empeñado en usar las cárceles como negocio institucionalizado. Me gustó mucho algo que dijo Elena Terreros: “Hay muchas opiniones y frases hechas. Tenemos que basarnos en la ciencia. Es lo que estamos haciendo y creemos que está funcionando”.
