Todo esto es muy raro
Por Guillermo Fajardo En 2014 llegué a los Estados Unidos al pequeño pueblo universitario de Madison, Wisconsin, para estudiar la maestría. Todo parecía tener sentido: el vasto lago frente a mí, los coches que se detienen ante el semáforo rojo, el orden idolatrado ...
Por Guillermo Fajardo
En 2014 llegué a los Estados Unidos al pequeño pueblo universitario de Madison, Wisconsin, para estudiar la maestría. Todo parecía tener sentido: el vasto lago frente a mí, los coches que se detienen ante el semáforo rojo, el orden idolatrado que puede pensar como arreglo civilizatorio. En Estados Unidos todo está normado por la certeza: las rutas que los jugadores de futbol americano tienen que recorrer para recibir el balón del mariscal de campo, el número de norteamericanos que fallecerán en accidentes de auto, cuántos libros venderá Stephen King el próximo año. Lo único que parece mermar este concierto oracular son sus crisis económicas, que les otorgan, sin embargo, epopeyas de supervivencia.
Es un pueblo extremadamente protocolar y técnico que ve en las reglas un manual de cortesía. Siempre me ha sorprendido la informalidad del trato y, al mismo tiempo, la distancia que hay que mantener con los demás. La vida en Estados Unidos puede convertirse en una agradable norma del olvido —que también puede ser otra forma de la tranquilidad personal— excepto cuando llega el momento de pagar impuestos.
Temo decir que, si no fuese por Agustín Fernández Mallo (La Coruña, 1967), estas estampas del desarrollo cotidiano hubiesen pasado como un bonito hábito al que me hubiese acostumbrado. La primera novela que leí del español, Limbo (2014), la encontré de casualidad en un evento de libros regalados en la universidad. Ya estaba por irme —después de haber agarrado dos tomos de una biografía de Joseph Stalin que no he leído— cuando vi que el libro, tirado en un rincón, reposaba asustado y mohoso. Lo agarré. Leí la novela de un tirón. Me impresionó, aunque ya no me acuerdo de qué trata. Esta paradoja tan inocua, me enteraría después, podría pasarle a cualquiera de sus personajes, encerrados en el presente como si fuese un camposanto o el interior de una cueva.
Agustín Fernández Mallo es uno de los autores que han visto en la modernidad un enigma que, más que intelectual, luce aterrador. Su última novela, Trilogía de la guerra (2018), utiliza como pretexto tres escenarios bélicos —la isla gallega de San Simón, la guerra de Vietnam, y Normandía— para hablarnos, simple y llanamente, de la realidad contemporánea. Es más difícil de lo que parece. A través de tres personajes —un escritor que habita la isla, un astronauta que fue a la Luna, y una mujer— Fernández Mallo se encargará de mostrarnos que cada postal de nuestro mundo —la televisión, los hospitales, el turismo— posee un grado de incertidumbre y de extrañeza que debe desmenuzarse.
Por ejemplo, el español estaría de acuerdo con que lo raro de vivir en tiempos de Amazon no es preguntarnos qué podemos comprar en esa ecuménica tienda en línea, sino cuáles productos debemos ir a buscar nosotros mismos al supermercado. Visto así, Amazon dejó de convertirse en un servicio para transformarse en una certeza. Los libros de Fernández Mallo se alimentan de este espíritu irónico que aplaza a toda costa cualquier polvareda ideológica. El español indaga entre las costuras de lo contemporáneo bajo el signo crepuscular de la errancia, la estampa favorita de Roberto Bolaño o de W.G. Sebald: el pretexto literario de quien pretende narrar grandes trozos de realidad bajo la mirada microscópica de lo cotidiano.
En Fernández Mallo hay una extrañeza definitiva: la de que toda nuestra cultura y toda nuestra tecnología forma una díada pútrida que nos distrae de lo que somos. Amazon o Facebook bien pueden convertirse en vicarios de lo divino, pues forman una omnipresencia, en donde todo llega a tiempo, todo puede encontrarse, y todo parece estar conectado. La verdadera Torre de Babel no apunta hacia el cielo, sino hacia el traductor de Google. La idolatría ya no está en los becerros de oro, sino en los cada vez más raros accidentes de avión, la falta de crédito, o de un paquete barato de canales de televisión.
“El mundo no humano es por ello el cénit de un larguísimo camino que carece de fallas y taras, no en vano no es posible pensar en un animal loco, ni en un planeta enfermo, ni en una planta defectuosa”, escribe el novelista. Lo único que se encuentra en constante estado de fragmentación, pues, somos nosotros mismos y el mundo que hemos creado, cada vez más absurdo por lo que tiene de contemporáneo.
Me imagino que, en el futuro, Amazon, Zoom o Facebook, se transformarán en sistemas cada vez menos vigilados por personas. No caeré en el improbable apocalipsis de Skynet que sucede en la saga de Terminator, sino en uno mucho menor y acaso más estúpido: el primer departamento que desaparecerá en el futuro —para alegría de unos cuántos— será el de Recursos Humanos.
