Hagamos lo que nos toca
No habrá cambio posible sin la sociedad mexicana. Para estos momentos, creo que tenemos claro el tamaño del desafío que significa modificar años de complicidades y de corrupción. Porque el huachicoleo no era una práctica exclusiva del robo de combustibles, sino un modus operandi que permeó prácticamente todas las actividades económicas del país
Por Luis Wertman Zaslav
De tal manera que, si el objetivo es sanear a la administración pública y evitar el uso ilegal de los recursos que son de todos nosotros, entonces los ciudadanos debemos abrocharnos los cinturones para lo que viene.
Y no sólo eso. Tenemos la nueva obligación civil de participar desde nuestro espacio para construir una cultura distinta y hábitos que formen una consciencia nacional diferente.
Coincido plenamente en que no somos una sociedad corrupta por naturaleza. La muestra más simple para comprobar lo anterior es la conducta ejemplar de millones de paisanos que viven en los Estados Unidos y respetan la ley. La realidad es que las condiciones en que nos desenvolvemos determinan en gran medida nuestro comportamiento.
En ese sentido, las circunstancias de los últimos tres sexenios no fueron precisamente un incentivo para cambiar. Hace casi 20 años, bajo características parecidas, la sociedad mexicana impulsó la llegada de otro partido al poder, con un candidato al frente que recogió el disgusto nacional y prometió sacar al partido dominante de Los Pinos.
Hoy, hasta la residencia oficial es otra y, en su lugar, tenemos una especie de museo que recuerda al visitante o al turista lo que alguna vez fue la sede del Poder Ejecutivo mexicano.
Pero no todo será cambios de formas y ruptura de paradigmas políticos, viene la reestructuración del Estado con reglas diametralmente distintas, lo cual anticipa poderosas resistencias.
Durante las semanas recientes hemos apreciado, en todo su horror, lo que pueden hacer comunidades enteras cuando, empujados por la manipulación y la falta de oportunidades, tienen la oportunidad de obtener un beneficio, aunque éste signifique bañarse en gasolina.
Hace poca diferencia si los réditos son producto de una actividad ilegal. Diversos testimonios de familiares y sobrevivientes de la tragedia de Tlahuelilpan admiten que robarse gasolina era una práctica común, que la mayoría conocía bien el negocio y sus procedimientos e, incluso, estaba al tanto de los riesgos.
No obstante, ello no exime a nadie de la responsabilidad civil de no cometer un delito, aunque sí obliga a que reflexionemos el tipo de sociedad que somos o en la que nos hemos convertido. Y no, no creo que se trate sólo de un asunto moral.
México es un país con una historia reciente de estabilidad, y por tanto, con equilibrios precarios y fuerzas que no siempre actúan por cauces institucionales. En esa realidad, la figura de un Presidente todopoderoso fue un ingrediente lógico para tratar de resolver los conflictos nacionales.
Sin embargo, después de tres sexenios en los que la desigualdad creció al mismo ritmo que la corrupción y la impunidad, la molestia social alcanzó un nuevo nivel. Pero eso no significa que los problemas van a solucionarse de inmediato y sin costos importantes.
Hasta el momento, el reflejo del apoyo popular en las encuestas a la estrategia contra el robo de combustible indica que no somos una sociedad de cínicos, dispuestos a hacer una fiesta bajo el chorro de una fuga de gasolina de alto octanaje, pero también existe aún una reflexión pendiente: qué distancia estamos dispuestos a recorrer como personas si nuestro entorno inmediato se deteriora.
Ahora vendrán otros retos contra esta palabra que ya hicimos verbo: huachicolear. Frenarlo es tarea de cada uno de nosotros, a través de la denuncia y de participar en nuestra calle, en nuestra colonia, en la escuela de nuestros hijos, en el trabajo y en cualquier espacio en el podamos demostrar (y demostrarnos) que no somos —ni seremos— un país huachicolero.
Analista
Twitter: @LuisWertman
