Ley a la medida

Ser rebelde es, para muchos, un cliché, quizá porque ya hemos olvidado su significado o porque éste se ha desgastado y mediatizado. Ser “rebelde” perdió su aura: cuestionar a la autoridad es —¿o era?— la definición más común.

Confrontar para revelarse. Transgredir para descubrir nuevas rutas. La rebeldía es necesaria e imprescindible en las sociedades porque implica crisis, reflexión y movimiento. Nos sacude y nos expulsa de nuestra comodidad enfrentándonos a otras posibilidades, nos coloca en otra posición para proponer un enfoque distinto. Rebeldía no es sinónimo de caos ni de irresponsabilidad, la historia —por fortuna— está construida por muchos rebeldes, quienes han propuesto provocativamente otras formas de entendimiento; eso hizo Charles Baudelaire con Las flores del mal, eso provocaron los situacionistas, eso planteó el rock y Martin Luther King; pero una cosa es cuestionar la autoridad y las leyes —con argumentos e inteligencia— y otra es no cumplir la ley porque no nos da la gana.

El individualismo no es rebeldía y la desobediencia no es irresponsabilidad, pero ya a todos han dejado de importarnos las palabras, nos comunicamos con emoticones y los significados han sido abandonados a la suerte de los significantes que cada quien entiende a su conveniencia. Pareciera que más que convivir, queremos someter. Somos una colectividad preocupada por la individualista. Somos “rebeldes” que no cuestionan la autoridad porque la queremos personalizada y tenemos una autoridad que nadie confronta porque no merece nuestro respeto.

Vivimos en un sinsentido, que ha agujereado el tejido social, cotidianizando  la violencia a través de la imposición de puntos de vista; sólo así es creíble que el crimen organizado cada vez se organice más y que la sociedad civil se des-civilice día a día. Señales hay muchas: desde los cadáveres que aparecen en las calles como si fueran colillas de cigarro (esas que tapan las coladeras) hasta los perros asesinados en dos parques de la Condesa, en la Ciudad de México.

Tengo un perro de 14 años, es parte de mi familia, lo mimo y ahora en su vejez lo cuido con paciencia. Es tan importante para mí que lo traigo siempre con correa, levanto sus heces, lo vacuno, trae una placa de identificación y lo paseo tres veces al día. Sí: es una lata levantarse los domingos a las siete de la mañana a pasearlo, es insoportable cuando siendo fiel a su instinto de cazador se aferra a un olor, pero es un perro. Ni modo. Empatizo con los dueños que perdieron a sus perros en esta situación que, como muchas en el país, pasarán a los anales de los misterios sin resolver y, como a Colosio, nunca sabremos quiénes y por qué mataron a los perros. Lo que no entiendo es a los dueños de perros que insisten en traerlos sueltos como si el comportamiento de sus mascotas reflejara la “buena educación” del amo, que se porta como el compadre del perro, al que le hablan en francés o en inglés y dejan que corra libremente, se atraviese las calles mientras el dueño va texteando, cague sin que nadie levante su gracia, pero eso sí se exija espacios únicos para perros, veterinarias públicas y que nos acepten con nuestros perros “bien educados” en donde sea y como sea. Queremos que todos amen a nuestros perros y exigimos que se les otorguen sus derechos “humanos”. ¿Por qué a los dueños de los perros les cuesta tanto trabajo empatizar con aquellos que no tienen perros? ¿Por qué nos cuesta cumplir la ley? Porque traer al perro sin correa no es ser “rebelde” ni confrontar la autoridad, es no respetar al otro, no querer integrarse a la comunidad y no contribuir al fortalecimiento del tejido social, ese que nos sostiene y que nos ayuda a crear comunidades más solidarias. ¿Por qué queremos “humanizar” a nuestras mascotas en lugar de gozar su animalidad? En ese acto, sinsentido, de cosificación les eliminamos su naturaleza y les imponemos nuestras neurosis. Nos quejamos de la falta de Estado de derecho, pero no cumplimos con los derechos como dueños de mascotas en los que se incluye, como parte del buen trato, su protección dentro y fuera de casa; cuidar a nuestros perros implica no ponerlos en riesgo a ellos ni a otras personas. Traerlos con correa disminuye los accidentes, desde los atropellamientos, peleas, mordeduras o que se pierdan.

¿Traerlo con correa, cómo, por qué?, si de lo que se trata es que cada quien haga lo que quiera y de imponer nuestra visión al otro. Yo soy muy cool, muy trendy y la gente como uno no tiene mascotas sino perrijos, y a los perrijos no se les priva de la libertad con correas, porque son perros de mundo, no de pueblo. Y otra vez todo se convierte en una cuestión de clase y de ignorancia. Por qué no podemos aceptar que es muy violento traer a un perro —de cualquier raza— sin correa, que para muchos es terrorífico que se les acerque un perro a olerlos porque son tan educados que tienen que saludar a todos. Someter al otro a nuestro punto de vista es violencia. Pero sutilmente queremos, porque así nos lo merecemos, imponernos al otro, y ese otro responde con otra imposición, y así nos vamos a ver quién aplasta más a quién, eliminamos el diálogo y escalamos la violencia porque nadie tuvo la voluntad ya no de negociar, sino de respetar, cumplir las normas y procurar la convivencia. Resultado: “Pagan perros por infractores”, diría mi abuela.

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