Delincuencia sin partido
Muy lamentable lo que ha ocurrido en las últimas semanas entre la sociedad mexicana, alentado por algunos “expertos” que han provocado una serie de ataques sin sentido sobre la forma en que deberían ser combatidas la delincuencia, la violencia y la inseguridad ...
Muy lamentable lo que ha ocurrido en las últimas semanas entre la sociedad mexicana, alentado por algunos “expertos” que han provocado una serie de ataques sin sentido sobre la forma en que deberían ser combatidas la delincuencia, la violencia y la inseguridad pública por parte del nuevo gobierno. Es evidente que las ejecuciones que ocurren todos los días en varios estados del país, así como los robos, secuestros, asaltos y demás manifestaciones de la descomposición social de varias décadas no han cesado con el solo cambio de régimen. Es más, las cifras de inseguridad, metodológicamente contabilizadas por algunos medios, indican que muy probablemente en el último mes se han disparado, ante la molestia de la actual administración que no lo reconoce.
Lo que no es posible seguir propiciando es esa costumbre que tenemos los ciudadanos de “partidizar” a los malandros como si estos formaran parte de una corriente ideológica o de algún partido político y que, por esa causa, delinquieran a diestra y siniestra burlando los “operativos” de la autoridad. Resulta claro que la delincuencia siempre ha existido en las sociedades, independientemente del régimen político que gobierne a un país. Es más, las condiciones económicas y políticas, si acaso llegan a incidir en la formación de grupos criminales que lo único que buscan es “poderío” monetario para continuar con sus actividades fuera de la ley, independientemente de la ideología de tal o cual gobierno. Muy diferente es el trato que ese régimen les dé a los delincuentes: a veces los utilizan como sus “aliados” y, muchas veces, se coluden con ellos para lucrar también con los beneficios económicos de sus acciones ilícitas, como ha quedado demostrado ya en el caso de los narcotraficantes. Otras, las menos, esos gobiernos los combaten por significar un elemento de desestabilización social y política para sus intereses.
Lo que está sucediendo últimamente con los llamados huachicoleros es el mejor ejemplo de cómo la delincuencia “trabaja” de la mano de las autoridades. Para poder ordeñar ductos de combustible se necesitan 3 cosas, a decir de los que saben: primero, conocer las horas de distribución de gas, diesel o gasolinas por la red que se maneja desde el interior de las plantas de Pemex. Y esa información sólo se conoce al interior de la “estructura oficial”; o sea, el enemigo adentro de la casa. Segundo, equipos necesarios para la succión de los ductos y que muchas veces falla, lo que provoca siniestros como los que ocurren con frecuencia en poblaciones de Puebla, Guanajuato o el propio Estado de México. Y tercero, la “protección” de cuerpos policiacos que “colaboran” con las bandas delictivas dedicadas a ello para luego trasladar el combustible robado a bodegas para su posterior distribución, ya sea en el mercado formal o informal. No hay más. Es una larga cadena de complicidades que hoy nos tiene metidos en un debate sobre la forma en que hay que terminar con esto. Como si a los delincuentes o autoridades coludidas en la comisión de este delito les interesara la ideología o el partido en que militan o con el que simpatizan los ciudadanos.
Entendámoslo de una buena vez: cuando un delincuente nos roba o nos secuestra, no lo hace tomando en cuenta qué forma de pensar tenemos o en qué partido militamos o somos simpatizantes. Nos asalta y punto. Con eso hay que terminar de una vez por todas. No perdamos el tiempo en discusiones bizantinas. Al fin y al cabo, todos padecemos, en mayor o menor medida, las consecuencias de este flagelo social.
