Bonito tiempo, a pesar de todo

Mucho se me antoja escribir algo largo con los principios de los artículos semanales que me propongo echar a caminar y ordeño durante innúmeros minutos hasta que me doy cuenta de que han pasado los tiempos buenos, en general, y no me siento realmente a sacarlos adelante. Son muy buenos, tienen el cuidado de lo hecho a mano, suaves, brillantes, cálidos y casi podría mandarlos a un concurso si aún tuviera las enaguas para hacerlo

Nunca olvidaré una de mis conversaciones con Ángeles Mastretta y surgió el tema del Premio Sor Juana Inés de la Cruz, el cual siempre me ha hecho una enorme, inaguantable ilusión por mi amor a Sor Sol…

Acababa de terminar mi novela De amor y lujo y Ángeles me encaminó imperiosamente a enviarla… no me hice del rogar y ahí voy con mi sola recomendación, creyéndome ya lo suficientemente fuerte… Estaba segura.

Claro que el premio se lo llevó una de las mismísimas de siempre. Desde entonces, nunca más, lo juro, me humillaré yo misma.

Pero no va por ahí hoy mi trabajo. Decidida también a no pretender escribir la osadía política tan brillantemente realizada por mis compañeros. A mí me da por insultar a los sinvergüenzas y declarar mi amor a los honrados, amén de ser poco analítica, aunque me sobre el honor y la gloria de los grandes examinadores (digo, es un decir), no me atrevo a abundar en la brillante cantidad de sabedores de los significados y significantes que incendian las primeras páginas de los diarios del mundo.

Por eso, casi con humildad, me fuerzo a escribir cada semana para cubrir mi cuota, ya no digo económica, sino del deber cumplido para seguir siendo periodista como lo decidí tempranamente, pese a la dificultad  física por la que atravieso, ya no digo mi falta de marcha lógica con mis piernotas de ayer, sino la simple capacidad de ver bien las letras, leer de corridito —como el habla— y volver a leer a Manuel Echeverría —que es un placer— o cumplirle a  Humberto Guzmán en su mejor novela, El reflejo de lo invisible, y por fin a Guadalupe Dueñas, a quien tanto quise y quien sólo la bondad, la grandeza de Patricia Rosas Lopátegui ha sido capaz de reunir su obra completa y llevarla a publicar al Fondo de Cultura Económica .

En éste último asunto tan generoso salta el corazón de alegría, porque Pita lo mereció siempre y parecía que se iba a quedar entre esas muchachas que formamos el apretado contingente de miradoras eternas de las imperecederas coronadas. Su estilo la gracia de su prosa volátil, la originalidad de los asuntos a tratar con esa fantasía encantadora, tan femenina, de tan buen gusto y con el sello que poseemos algunas escritoras mexicanas, como la Castellanos, Pita, de quien hablamos, en ciertos aspectos, la excelente Beatriz Espejo y yo misma para servirles.

En verdad me siento muy satisfecha por los libros que tengo en mis manos, por mi actitud misma, que estando casi desbaratándome de tan enferma, y como diría mi precioso arquitecto Manuel Parra, el padre de la gran pintora y por cierto, también muy buena escritora Carmen Parra, estando pues en plena demolición, veo que puedo seguir dándole vuelta al canasto de la ropa limpia de los libros de mi gente.

Y surcamos las aguas todavía amando a Moby Dick, a pesar de lo que dicen de él y muy a pesar de que se nos hayan muerto tantos amados, como René Avilés Fabila y Ramón Xiraud.

Bendito tiempo con las manos llenas de ellos.

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