Te recuerdo Goytisolo en Tepito

No se nos ocurrió a Carlos Fuentes y a mí proponerle a Juan Goytisolo enseñarle el mercado de Tepito en su mejor momento de glorioso ruido, la fiesta de los tornillos, los fierros para levantar autos, máquinas de coser o de escribir relumbrando al sol absoluto de la antigua Tenochtitlan. 

Se antojaba un tequilita o la cerveza helada, los taquitos sudados o de plano, fuera caretas, que Juan le comprara una joyita vieja a la memoria de Monique Lange, su esposa ya muerta, grandísima amiga del escritor a quien amaba tanto que le perdonaba —si hay algo que perdonar en el amor— que se fuera de parranda a la plaza Marrakech, en Marruecos, y en donde habría de instalarse por siempre hasta que le llegó la raya de nosotros los mexicas. A Juan lo quería todo mundo, tenía ese toque encantador de la inteligencia buena, se daba con gran facilidad y uno llenábase de felicidad. Habría que haber visto a Juan y a Carlos caminando entre desechos de talleres y componedurías, brillaban del calor, y sus perchas europeas sobresalían esa media tarde dominical y calurosa. Éramos los tres muy felices, comprábamos cuanta tontería se nos antojaba, oyendo a los vendedores, por cierto mal encartados, mientras envolvían los objetos en papel periódico, oyendo, decía a Juan, contarnos las similitudes de ese mercado y el de los árabes… por algo vivimos ocho siglos españoles y la herencia gloriosa que dejaron los árabes que nos hicieron.

Juan Goytisolo es uno de los escritores capitanes de los mares de su preciosísima prosa. Ya estuviera contándonos la gran novela llena de aventuras de la inteligencia, insisto, o el ensayo que puso en claro muchos cuartos oscuros, o la conferencia que yo le oí en varias ocasiones, siempre ilustrada y exacta, sin ápice de aburrimiento; Juan Goytisolo poseía el desparpajo culto y serio no obstante, en eso se  parecía mucho a Carlos Fuentes, porque si hubo alguien deslumbrador en mi vida de oidora especial, yo creo que la mayor satisfacción tenida por su servidora fueron las conferencias y las entrevistas que oí y le hice a Fuentes… siempre me interrumpía en pensamiento, admirándolo y preguntándome, en el silencio del auditorio que escuchaba, “¿cómo puede Carlos guardar tanta memoria, fechas, nombres propios y ajenoso, cómo es posible una sapiencia tan asombrosa y deslumbradora una y otra vez?”… pues igual entrega exigía Juan Goytisolo, porque sabía tanto como Carlos, él en la gran esfera europea, la enorme historia de España, y todo ello rociado de dolientes lágrimas tatuadas en su rostro cuando Franco le arrebató su patria. Juan se convirtió en un ciudadano del mundo, supo cada vez más de lo que había perdido y de lo que le brindaba, por ejemplo, Francia, nuestro París, donde se asentó el viajero incansable para amar el París de sus novelas, donde vivió a su vez una década quizá en la calle divinamente parisina llamada Poissonnerie e insisto, junto a su mujer y el sol pálido de la Ciudad de las luces, hágame usted el favor.

También Carlos y Silvia vivieron en un departamentito cerca de Notre Dame, tal vez, por cierto, nada alejados del departamento de Jacques Bellefroid (quien acaba de publicar en el París de mis viejos amigos y mis viejos autores, una novela filosófica (Jacques es filósofo) titulada: Los Caballeros de la Tabla rasa) Y de Vilma Fuentes (y lo saco a relucir porque en las mañanas cuando despierto y les doy las gracias a mis perros por acompañarme con su pequeña vida, pienso luego luego en Vilma y Jacques mirando por la ventana de su casita la imponente fachada de la iglesia, el templo donde rezo, como debe de ser…)

Y volviendo a los Fuentes, hago un deseo de amor por su hijito Carlitos, quien había nacido y cargué temblando de emoción. En fin, Goytisolo se hizo gran amigo de Carlos y con él llegaron juntos aquella mañana asoleada con la que empecé esta notita, este papelito —que diría Sor Juana—.

Se murieron Carlos grande, Carlitos jovencito, Juan Goytisolo en la Plaza mágica de Marraquech, se murió su fantástica esposa la novelista, en fin, que ya no sabe uno por donde andan los hermanos muertos de uno. Yo no quiero volverme la notaria de los muertos. Son ya muchos, hace poquito se fue Gorky González, mi amigo querido de los cerros guanajuatenses, donde nos hacía una barbacoa genial para su mujer, sus hijos, el arquitecto Parra, su hija la pintora Carmen Parra, el Emiliano Gironella Parra chiquitito, y esta servidora que no se quiere morir, pero a la muerte le ha dado por aventarme seres bien amados, así como así.      

Aquí te tengo Juanito Goytisolo. Por ahí nos hemos de ver… Me saludas a Jean Genet.

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