Del pasado: La Casa Boker y Felguérez
Todos tenemos obligaciones diarias para subsistir, pero a veces es tan fuerte la enfermedad, que solamente la cabeza en la almohada calma esa especie de llanto soterrado, el que hace agachar la testa para hacer la guerra o responder a los amores y es capaz de la devolución de las fuerzas para proseguir esto que se llama vida.
Es duro vivir las tareas sucesivas, la oración nocturna para garantizar un tanto el despertar, y al hacerlo, descubrir asombrado el dolor del cuerpo entero, no una pierna, la oreja, la adherida cintura, que ayer meneábamos con placer, como quien mastica una manzana o se peina sin raya en medio. Eran las confesiones para los viernes primeros: suavecita sin sobresaltos porque se trataba de casi una copia del mes anterior. La edad de la inocencia, confesábamos todo hasta lo que no era, porque en el fondo no sabíamos lo que era realmente pecar. Pero a nosotros, los chiquillos de antes, nos quedó una culpa grave en eso de las confesiones mensuales y traíamos un revorujadero, como el que se nos hacía si íbamos a comprar algo a la Casa Boker en el hirviente centro de la Ciudad de México y había tales maravillas en las mesas tapadas con vidrios, que en verdad salíamos sin nada porque no nos decidíamos por la tijera del arbolito o esos cuchillitos del más pequeño al grandote, el principal adorno de la cocina de mi tía Lelita, o los desatornilladitos, el gran martillo. O la colección de platos mínimos de hierro para las bolitas de mantequilla perfectas, hechas con caminitos de unas pinzas de madera. Cada magia de la mesa de mis tías Las gomitas eran hijas legítimas de la Casa Boker.
Arriba de la magistral tienda estaban los despachos de los abogados más importantes de aquel entonces. Uno de ellos era el de mi tío Luis Felipe Bustamante y mi padre el licenciado Mendoza Albarrán. Llevaban grandes negocios que así se llamaban: “El negocio”. Nosotros vivíamos con la esperanza de ir a visitar la hacienda donde estaban las grandes máquinas para triturar, yo creo que las cañas, y digo creo porque eso sí, no me acuerdo y se me revuelven con las máquinas para hacer hilos o quizá telas, a saber… los que podrían aclararme el asunto ya se murieron, hasta el Chino Bustamante, el hijo de mi tío, o mi hermano Manuel, el hijo de mi padre. Mi mamá, mi tía Angelita, los otros abogados que ya olvidé, en fin, que es un moridero de Aupa, y en ese sendero de personajes como de humo nos seguimos moviendo…
“¡Astrágalo!”. gritaban los actores de Alejandro Jodorowsky y corrían frente al gran mural de hierro que Manuel Felguérez había realizado para el frente del interior del cine Diana. “¡Astrágalo!”, y nosotros como el pintor zacatecano temblábamos de emoción… Era la gran época, cuando los zacatecanos Felgueréz , Pedro y Rafael Coronel deslumbraban con obras enormes… nos hacíamos lenguas cómo de una ciudad tan íntima, provinciana pudieron salir esos enormes creadores, y nos respondíamos que si Zacatecas había hecho la Revolución, por qué no esas obras artísticas tan impresionantes… los imponentes círculos de Pedro, los personajes antiquísimos de Rafael y las formas geométricas sin un titubeo que además sostenían la palabra de la dramaturgia europea del momento. Cada uno de esos creadores tomó su camino y se fue consagrando en la solidificación de su estilo. Zacatecanos formidables.
Ahora, Manuel prepara sus noventa años con una exposición nunca vista y ya la estamos esperando. Manuel siempre fue muy generoso y bueno; cuando iba a hacer mi primer viaje a Europa enviada por mi periódico me hicieron la despedida de rigor en la casa de Felguérez. Todavía vivía su esposa pintora abstracta y de mí no hay más que un agradecimiento del tamaño de la Presa de la Olla de mi tierra.
Me acuerdo muy bien de Felguérez, era muy guapo, conoció Europa desde jovencito como boy scout, nunca traicionó a su vocación y para subsistir en los primeros años, hacia animalitos de madera adorables y una vez construyó para mí la única mesa para escribir que he tenido en la vida. Lo malo es que no está firmada… he de traerlo a su pobre casa para que lo haga. La mesa es preciosa, ya la verán.
