Los desfiguros de mi corazón

Todo es triste en este tiempo; desde que amanece vemos las calles desiertas, grises, y los vidrios de las ventanas están blindados de lagrimones del puro frío. Se murió Fidel Castro y yo que empezaba la duermevela me desperté volando. Claro que esperaba esa noticia, después de todo, los míos se están yendo a pasos acelerados. 
 

Es la edad, dirían los doctores  fingiendo misericordia... nada más levanta los ojos y veles las caras impávidas con la muerte y parpadeantes con los cheques. Tenía que ser, me digo, y repaso las separaciones de esta vida. Me duele, sí porque Fidel forma parte de la historia de todos nosotros. Primero mis amigos empezaron a irse a Cuba a vivir la continuación del sueño de la Sierra Maestra que fue sello de nuestra juventud. Nada más de imaginar a los guerrilleros desembarcando del Granma en la tierra que iban a liberar... después de todo era su tiempo y el nuestro. Queríamos saber todo. Una amiga muy amada mía había estado en La Habana el último día en que Batista olió la brisa del Morro y se fue en avión con sus millones y su mujer que decían tenía una enfermedad que la hacía crecer del cuerpo cada vez más. A mi amiga yo la confesaba y ella no sabía más de lo poco dicho, dado que cualquiera en La Habana sufriría igual sorpresa y desconcierto.  Yo, como periodista, lo único que  ansiaba en esos momentos era ir precisamente a donde estaba ocurriendo la primera movilización militar de mi vida profesional y latinoamericana... ¡Conocer a Fidel!

Fidel era hermoso, joven, valiente y un ideal para cualquier periodista respirando... ¡Entrevistarlo!... Si el sueño de mi vida como reportera era entrevistar a Winston Churchill y a The Beatles, ¿por qué no al celebérrimo muchacho cubano? (quizá los demás pensaran que no era digna, pero eso asombrosamente no me importaba).

Al fin la vida se abrió para mí y con un grupo de esposas de embajadores extranjeros en México fui invitada a ir a Cuba como periodista... junto a mí, o yo a ella, iba Luisa María Leal, en la magia de su belleza joven, haga usted de cuenta Fidel. Nos acompañamos mutuamente para la gran oportunidad de conocer a Fidel (El Caballo le decían confianzudos, quienes ya habían ido a Cuba). Lo vimos y lo oímos más. Yo dale que te das con la idea de la entrevista... por lo menos que Fidel me dejara ir a su lado un día, con eso me conformaba, ya sabría yo qué contar... su mirada, su traje verde olivo con resorte en los tobillos, su gorra y su altura.

Hubo una recepción en un palacete para que las damas conversaran con el gran hombre del siglo XX, y todas de traje largo lo esperábamos en mitad de la noche más tibia, más fresca de la tierra del escritor de Los Tres Tristes Tigres. Entró Fidel altísimo y siempre verde olivo, siempre pulcro, sonriente, alerta... Al frente de sus soldados. Todas nos movimos como con un toque eléctrico y corrimos a su persona cantando “¡Fidel, Fidel, qué tiene Fidel que los americanos no pueden con él...! Cantábamos y gritábamos a coro aquellas mujeres exaltadas... Al estar ya a su lado, él festejando la recepción, quizá expectante o como yo digo asorpresado, me tomó el cabello por la frente y me lo meció, tal vez en una travesura inusual en su vida política y sí parte confesada sin querer de una muchachada privada, juvenil, de su intimidad... me quedé convertida en esqueleto, inmóvil, sin salir de mí, viéndonos los dos a los ojos... pero el canto no cesó ni la emoción ni el aplauso... me quería ir al cielo como Remedios, la de Gabo, fue maravilloso y quizá nadie se dio cuenta, sólo yo viendo al Caballo y él recuperando la compostura. Me costó mucho, pero viví lo que nadie nunca.

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