“Quien a Dios tiene nada le falta”

Es muy difícil vivir, sí, pero en la geografía del arte siempre está la respuesta, en la pintura y en la poesía.

Nosotros deambulamos en este principio de siglo, todavía atarantados de tantas esperanzas que tuvimos en la juventud de lo que pensamos que sería 2016, no un mundo feliz como en la novela, sino más allá, autos que no eran, sólo vehículos veloces dejando un rocío de oro hasta hacerse invisibles de velocidad, bufandas de perfume, pieles nunca envejecidas, piernas nuevas, otras manos iguales a las de los veinte años, y el cabello suave y no este amasijo tan a la Colette, que ha perdido la gracia y el aleteo. Íbamos a tenerlo todo y siempre el amor, a cambio la exigencia de experimentar el tiempo y terminar temiéndolo. Nunca supimos lo denominado mañana. Tampoco entendimos la ausencia de Santa Teresa de Ávila hasta su presencia por las calles heladas de Ávila, precisamente, en el parador del cocido ardiendo sacado con tamaño cucharón de una cazuelota de cobre colgando de un gancho dentro textualmente de la chimenea cervantina. Santa Teresa rezaba y escribía de tal manera alada que sería la pareja poética de otra genial poeta mexicana, las más grande, aunque ella creía que era “la peor de todas”: Sor Juana Inés de la Cruz.

Hablábamos de Santa Teresa, de la devoción por su nombre en Celaya, antes de los antes, cuando la bonita de la casa se llamaba Teresa y mi hermana habría de heredar esa corona de dolor, caminábamos suavemente al encontrarnos mi esposo y yo a Elena Garro, con sus pieles al cuello y enseriando el nombre de Octavio. Día de murallas y bautizos de mujeres. Y Santa Teresa de Ávila queriéndose morir de nuevo sin lograrlo de tan sacratísima Nada te turbe. E iban a pasar los años para que su escribana volviera a mirar otra vez a la poeta española en las telas que Carmen Parra, la pintora mexicana, pintaba en su taller vigilado a su vez por el Popocatépetl y por la Virgen del Carmen, la dadora de ése su nombre a la recuperante –Carmen– de Santa Teresa.

Santa Teresa me turba eternamente, el éxtasis al que fue condenada por Bernini me apresa sin falta de costumbre, yo que habito un cuerpo enfermo y una celda solitaria, y conocedora hasta la raíz del grito de entregarme a la colosal también presencia del quinientos aniversario de la santa, santa mía, además en el telón de fondo de Don Giovanni de Wolfgang Amadeus Mozart, que alelada me dejó en el teatro aquel tan operístico resucitado por Jesusa Rodríguez. 

Así, pues, mi vida con Teresa viene desde el original, desde Ávila, invernal e inhóspita, atormentada como lo fue Toledo el día de lluvia pavorosa pintado por El Greco para que yo, años después, al visualizarlo en el Museo Metropolitano de Nueva York, me hincara ante la tormenta, la cual empezó en mis años de estudiante de pintura atisbándola en un libro de arte.

Así que en el Centro Cultural Casa Lamm, el cual me hace delirar de tan bello y airoso, algo así como mis sueños infantiles, que hoy me fatigan tanto en el sueño donde corro niña y joven, nunca vieja y con bastón, el sábado de la alborada de los cuadros de Carmen Parra (“andariega y mística”, como le llamó el gran historiador y sacerdote jesuita Manuel Olimón Nolasco) Santa Teresa me recibió como en su convento, es decir, seguí enloquecida de amor y éxtasis.

Las telas celestiales con la monja subiendo al cielo, la exposición múltiple de los palimpsestos, corazones dorados con rayas de oro del ventarrón al ir pasando y de tantos corazones en el papel ante mí el palpitante corazón de bronce de la santa en su caja donde en el tiempo de dormir… duerme. Si sollozo es que tal vez veo detrás de la escultura el rostro insigne de San Juan de la Cruz y la dulce melodía erótica de El Cantar de los Cantares traducido por Ricardo Garibay, para darnos un quemón de lo que es amor y cómo se escribe de su existencia… “yo ya no quiero otro amor…”

Para irme despidiendo de mi morada en Santa Teresa, cierro los ojos para no olvidar el cuadro anaranjado intervenido por Carmen Parra, su infancia, mis otras manos. 

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