Los niños migrantes

En fechas recientes, Estados Unidos se ha convertido en un monumental campo de batalla. En el corto plazo, lo que está en juego es el control de las dos cámaras del Congreso de aquel país. El resultado de esa batalla se conocerá en poco más de un mes, cuando se renueven la totalidad de los escaños de la Cámara de Representantes y un tercio de la de Senadores
 

En el largo plazo, lo que está en juego es el modelo de desarrollo que dominará durante el resto del siglo XXI. El resultado de esa batalla es más complejo, pues incluye la elección en puerta y —sobre todo— la elección presidencial de 2022. Para ese entonces, es casi un hecho, se conocerá ya el resultado de la investigación que realiza Robert Mueller.

De la solución que se dé a ambas batallas dependerá qué sucederá con los miles de niños y niñas que han sido arrancados del seno de sus familias por el gobierno de Donald Trump. Esos menores, en las últimas semanas —15 o 20—, se han convertido en protagonistas de una de las historias más tristes de las que se tenga memoria.

Esa historia fue objeto de un detallado reportaje de The New York Times, publicado el primero de este mes. En él se describe la manera en que menores que ya han estado sometidos al drama de la separación de sus familias son revictimizados. Esos menores, quienes habían sido enviados a hogares sustitutos, que los recibieron apenas por unos días, fueron convertidos en protagonistas involuntarios de un éxodo gigantesco. Un éxodo con el que las autoridades de EU tratan de concentrar a todos los menores separados de sus padres, en una de las, así llamadas, ciudades-tienda o ciudades de tiendas, creadas por el gobierno de Donald Trump, en este caso, en el poblado de Tornillo, Texas.

Son viajes que se realizan a medianoche, en condiciones en las que nadie puede garantizar el bienestar de los niños, a instalaciones precarias, donde tampoco es posible garantizar su bienestar. Se calcula que, en total, se trata de cerca de trece mil menores de edad separados de sus padres por la política-espectáculo con la que se identifica el gobierno de Trump. Es una política que no resuelve problemas sustantivos; más bien los empeora, como en el caso de las relaciones de EU con China, Irán, Pakistán o Europa, y que vive de vender como grandes avances cosas que en realidad no lo son.

Es el caso, por ejemplo, de la relación entre las Coreas, que si ha cambiado a últimas fechas, ha sido gracias a la buena voluntad y disposición de la clase política de Corea del Sur, que cobró conciencia de lo peligroso que sería convertirse en rehén de los caprichos de Trump. Ello hizo que los sudcoreanos idearan una serie de iniciativas para resolver los más de 60 años de conflicto con sus familiares del norte y, hasta el momento, todo parece indicar que sus esfuerzos no han sido en balde.

El caso de los niños forzados a vivir en Tornillo, Texas, lamentablemente se ha convertido en carnada en el juego electoral de Trump. Es un juego que hace todo por demostrar que odia tanto a los migrantes como lo hace la base electoral a la que Trump halaga con medidas que parecen copiadas de los manuales de procedimientos de repúblicas bananeras.

Es necesario señalar, en este sentido, que aun cuando Barack Obama deportó de forma injusta a muchas personas, lo hizo de manera que no ocurriera el espectáculo dantesco de los miles de niños que viven la penuria de ser colocados a mitad del desierto. Las ciudades-tienda son como macabras vitrinas, para recordarle a los blancos que viven en la nostalgia de un EU monocromático, que tienen en la Casa Blanca a alguien al menos tan estúpido como ellos; dispuesto a abusar de niños, dispuesto a usar a menores de edad como propaganda electoral. Todo con tal de poder gritar en sus mítines que hará a Estados Unidos grande una vez más.

En todo esto hay algo que no podemos eludir: México no se distingue ni por la humanidad del trato a los migrantes ni por la responsabilidad en su manera de proceder. A los estadunidenses y canadienses que viven en los márgenes del lago de Chapala, en San Miguel de Allende o en Cancún y sus alrededores, les ofrecen todo tipo de facilidades. No importa que hayan entrado a México con mentiras o que hayan excedido los 90 días a los que las leyes mexicanas les dan derecho. A donde sea que vivan, van las unidades de atención del Instituto Nacional de Migración, y los atienden sin que deban hacer colas, sin que los Betas los insulten o los maltraten. Sin que nada perturbe su tranquilidad.

Pero todo ese amor y respeto que el INAMI derrocha cuando se trata de ciudadanos de EU o Canadá, se torna en arrogancia e insultos cuando se trata de centroamericanos, haitianos o africanos en Juárez o Tijuana. Ojalá que, en este sentido, ahora que las aguas retornen a su cauce en el mapa electoral de EU, también regrese la cordura a las autoridades mexicanas y dejemos ya este doble rasero que a nadie beneficia.

Temas:

    X