Los espejos sudamericanos
Como todas las encuestas disponibles lo adelantaron, hace seis días, el pueblo brasileño tomó una de las decisiones más difíciles de su historia cuando una mayoría decidió hacer de Jair Bolsonaro el presidente de aquel país
La decisión no fue sencilla. Fue el resultado de la desazón provocada en amplios sectores de la opinión pública por los escándalos de corrupción que han tocado a todos los gobiernos de la democracia y que han probado, por una parte, qué tan difícil es para los políticos acabar con la corrupción, la pobreza y la injusticia, y cómo los brasileños, inspirados en gran medida por lo que ocurre en Europa y otros países de América, le entregaron el poder político a quien representa, en más de un sentido, a la antipolítica.
Ello ha ocurrido en momentos en que las estructuras políticas de Perú y Argentina, por mencionar sólo los casos más evidentes, han vivido semanas de tensión y desasosiego por las medidas tomadas por sus respectivos presidentes, Martín Vizcarra y Mauricio Macri, contra miembros de la clase política de sus países. En el caso de Vizcarra, ha sido Keiko Fujimori, la otrora todopoderosa líder de Fuerza Popular. En el caso de Macri, ha sido la expresidenta Cristina Fernández.
Los vínculos entre lo ocurrido hace una semana en Brasil y la manera en que se desgrana la lucha política en Lima y Buenos Aires son profundos y no deben desestimarse, pues tienen en común la descomposición de los partidos políticos. Eso ya fue evidente en las elecciones más recientes en Perú y Argentina. En Perú, de nada sirvieron las supuestas virtudes de la segunda vuelta para darle a Pedro Pablo Kuczynski algo parecido a una mayoría en el Congreso. Al contrario, desde el primer minuto de su presidencia, Kuczynski fue rehén de Keiko Fujimori y apenas ella había logrado de Kuczynski el indulto para su padre, Alberto Fujimori, se volteó contra él y lo obligó a renunciar por su participación en un escándalo de corrupción. Consciente del riesgo que la señora Fujimori representaba, Vizcarra procedió contra ella en lo que se antoja como uno de los escándalos más complejos de la república andina.
En Argentina, mientras los mercados de aquel país se desplomaban por la mala conducción de la emisión de instrumentos de deuda pública, Macri trató de emparejar el marcador con su predecesora destapando un escándalo de corrupción que involucra directamente al difunto Néstor Kirchner y a algunos de sus más cercanos. Las propiedades de la señora han sido sometidas a cateos transmitidos por los medios afines a Macri casi en directo.
Y no es que se piense que sería mejor que Macri o Vizcarra encubrieran los delitos de las señoras Fernández o Fujimori, es que cosas similares marcaron el triunfo de Bolsonaro. Ciertas o no, las acusaciones contra Dilma Rousseff y Luiz Inácio Lula da Silva sirvieron para desacreditarlos a ellos, al Partido del Trabajo, a los políticos profesionales y a las instituciones brasileñas. En Argentina, el triunfo de Macri, en 2015, fue una suerte de preludio de un proceso similar pues, aunque Macri ya había sido jefe de gobierno de Buenos Aires, siempre se ha presentado, incluso como presidente, como un no-político, como representante de fuerzas sociales que no se identifican con el peronismo o con el radicalismo, las dos fuerzas políticas tradicionales de Argentina.
El terreno que pisan tanto Macri como Vizcarra con los procesos contra Fernández y Fujimori es peligroso, porque si ellos mismos no se ajustan a un desempeño impecable como presidentes podrían configurar para las próximas elecciones en Argentina y Perú escenarios similares a los que llevaron a la elección de Bolsonaro. De hecho, la situación de Macri y las organizaciones que lo postularon es muy difícil de cara a la elección general de 2019 y no sería improbable que surgiera un personaje similar a Bolsonaro.
Vizcarra tiene la ventaja de contar con más tiempo para enderezar la nave y evitar el contagio. Habrá que ver cómo evoluciona su gestión, saber si luego de que logró el miércoles una condena en primera instancia, Vizcarra ratifica la condena luego de la inevitable apelación. También habrá que esperar que su gobierno no se vea afectado —como tantos otros gobiernos peruanos— por la sombra de la corrupción.
Los paralelismos con México están ahí para quien quiera verlos. Estamos a poco menos de un mes de que inicie la nueva administración. Ojalá que quienes desempeñarán roles clave en el nuevo gobierno, tengan claro que México no está exento de que en 2024 surja uno o varios imitadores de Bolsonaro en un país que ha sido presa de políticos corruptos, en el que los partidos tradicionales fueron barridos en la elección presidencial y en el que la confianza en las instituciones es cada vez más escasa.
Analista
