Las paradojas nicaragüenses

La situación en Nicaragua ha empeorado en las últimas semanas. Aumenta el número de personas muertas y heridas, crecen los paralelismos —voluntarios o no— entre el gobierno de Daniel Ortega y los que encabezaron en el siglo XX los Somoza, así como la desesperanza. Tanto dentro como fuera de Nicaragua hay una creciente percepción de que la ambición desmedida de Daniel Ortega es uno de los factores que hará más difícil encontrar una solución negociada al conflicto

A pesar de ello, sería ingenuo creer que el único factor que contribuye a lo que se vive en Nicaragua hoy ha sido el de los excesos de parte de la familia Ortega. Otro factor que conviene considerar para explicar lo que ocurre ahora es el de los tumbos que han dado los obispos nicaragüenses que, a pesar de las experiencias con el somocismo y con los primeros años del orteguismo, no supieron definir un rumbo claro, un perfil para sus intervenciones, que les ahorrara los problemas que ahora enfrentan.

La historia de la relación entre las distintas variedades del sandinismo y la Iglesia católica es muy compleja, paradójica en más de un sentido. El Frente Sandinista de Liberación Nacional, FSLN, como tal nunca hubiera podido lograr lo que logró en la década de los setenta sin la participación, primero, como movimiento revolucionario, de sacerdotes como los hermanos Ernesto y Fernando Cardenal. La presencia de ambos en el antiguo FSLN y en los ministerios del primer gobierno sandinista, el que recibió en 1983 a Juan Pablo II, dotó al sandinismo de una legitimidad que difícilmente hubiera logrado por sí mismo. De igual modo, se antoja difícil imaginar que Daniel Ortega hubiera podido volver a ganar la Presidencia nicaragüense sin la participación, igualmente legitimadora de una de las figuras más polémicas de la Iglesia en Nicaragua: el cardenal y antiguo arzobispo de Managua, Miguel Obando Bravo. A los hermanos Cardenal, quizás por no ser más que curas, Roma los pudo controlar de manera más o menos sencilla. En 1983, Juan Pablo II regañó en Managua, públicamente, con relativa facilidad a un humillado Ernesto Cardenal que, en su doble condición de ministro del gobierno y sacerdote, le veía arrodillado mientras el Papa le exigía que regularizara su situación, que escogiera entre ser sacerdote o ser funcionario público. Con Miguel Obando, ese tipo de recursos no era posible aplicarlos.

La paradoja presente en las relaciones entre la iglesia y el poder político en Nicaragua se ahondó cuando, en 2004, Ortega desde la oposición, pidió perdón a nombre del FSLN por “los excesos del pasado”. A ello siguió una cadena de actos públicos en los que el sandinismo hizo suyos los símbolos del catolicismo, incluidas las “misas revolucionarias”, que celebraba el cardenal Obando. Entre esas misas, estuvo la boda que Obando celebró en 2005 para formalizar en el ámbito religioso la unión que Ortega y la actual vicepresidenta, Rosario Murillo, sostenían desde 1978. Creció cuando, en 2006, Obando fue nombrado presidente de la Comisión Nacional de Reconciliación y Paz. El perihelio se selló cuando, en 2007, la Asamblea Nacional, controlada ya por Ortega, aprobó una reforma que prohibía cualquier forma de aborto, incluso el terapéutico, pero continuó manifestándose, por ejemplo, con la construcción e inauguración, en 2016, de un museo dedicado a la memoria de Juan Pablo II en Managua.

Y aunque para muchos nada podría ser más perfecto que ese estrechamiento de las relaciones Estado-Iglesia, ya para 2011, el obispo auxiliar de Managua Silvio Báez, señalaba a los medios locales: “Nosotros, siendo tolerantes y respetuosos, y mostrando nuestro cariño al señor cardenal (Obando), en la Iglesia continuamente lo decimos: no es conveniente que un ministro ordenado aparezca al lado de un partido político, porque el pastor está al servicio de toda una comunidad (…) cuando el cardenal Obando habla, no habla en nombre de la conferencia de obispos (…) su voz no es la voz oficial de los pastores de la Iglesia de Nicaragua”.

La preocupación no se limitaba a Nicaragua. Ahora sabemos, gracias a Wikileaks, que en 2006 la relación entre Ortega y Obando generaba suspicacias en Roma. Sabemos, por ejemplo, que la Santa Sede trató de llevar a Obando a Roma, para que no interviniera en las elecciones de 2007 de la manera en que lo hizo, no lo lograron porque —a diferencia de los hermanos Cardenal— el cardenal gozaba de un rango de autonomía mucho mayor.

La historia de lo ocurrido en Nicaragua debería servir para que todos los obispos de América Latina tuvieran claro que no se le puede apostar todo a una sola cuestión, el aborto en este caso, pues hacerlo puede implicar profundas contradicciones y riesgos que han quedado expuestos, como en un perverso experimento de ciencias sociales, en el caso de Nicaragua.

Analista

manuelggranados@gmail.com

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