La desigualdad

Este año, la apertura de los trabajos del Foro Económico Mundial, la cumbre de las élites de la economía, las finanzas y la política que se celebra cada año en Davos, Suiza, contó con el ya usual documento sobre la desigualdad a escala global, elaborado por Oxfam, la organización civil internacional conocida por su trabajo para promover el desarrollo

También estuvo presente en el inicio del foro de este año, la economista jefe del Fondo Monetario Internacional (FMI), Gita Gopinath, quien pronunció una inusual y más bien severa llamada de atención sobre los efectos de ese problema en las tasas de crecimiento de la economía global.

Los números de Oxfam en su reporte Bienestar público o beneficio privado, disponible en español en https://oxf.am/2To83XB, son similares a los reportados en años previos. Sin embargo, este año señalan que la riqueza de los multimillonarios a escala global creció a un ritmo de dos mil 500 millones de dólares al día. Ello confirma una tendencia a la concentración del ingreso, que Oxfam ha denunciado repetidamente los últimos años.

Esto se combina, además, con una clara desaceleración de la economía global que el FMI no diagnostica del todo, pero que es resultado del agotamiento de los modelos que hicieron viable la globalización de los años noventa. Para quien no lo recuerde, el argumento en los noventa era que una vez concluida la Guerra Fría, lo que quedaba era una gran autopista a un desarrollo libre de las trabas al comercio. Esta vía ofrecía prosperidad para todos. Entre las trabas que se nos decía había que eliminar se encontraban los impuestos que, todavía hasta los ochenta, eran relativamente altos en el mundo desarrollado y eran el pilar del llamado Estado de Bienestar. Lo que ocurrió en los noventa y en la década pasada fue el progresivo desmantelamiento del Estado de Bienestar, especialmente los impuestos que obligaban a que los capitales se arraigaran.

Lo cosechado en esta década no debería sorprendernos: el surgimiento de movimientos que, con argumentos que van de lo abiertamente racista a lo “identitario”, rechazan la globalización y sus efectos. Eso es lo que está detrás de la nostalgia de la rígida noción de la soberanía nacional, que se eliminó para hacer viables procesos como el Tratado de Libre Comercio de América del Norte o la formación de la Unión Europea.

Oxfam ofrece una cifra contundente que deja ver cuáles son algunas de las consecuencias del desmantelamiento de los impuestos que daban vida al Estado de Bienestar: “si el uno por ciento más rico pagase sólo medio punto porcentual más impuestos sobre su riqueza, podría recaudarse más dinero del necesario para escolarizar a los 262 millones de niñas y niños que actualmente no tienen acceso a la educación, y proporcionar asistencia médica que podría salvar la vida de 3.3 millones de personas”.

En lugar de ello, hemos dado vida a un tipo de capitalismo global que facilita la existencia de paraísos fiscales y que exacerba los efectos negativos de la desigualdad. Si a finales del siglo XX la desigualdad era propia de los llamados subdesarrollados o “en vías de desarrollo”, ahora está presente también en los países desarrollados. Esa desigualdad está detrás de algunos de los males que aquejan a Gran Bretaña o Francia. Es lo que explica el espectáculo lamentable del Brexit, predicado sobre la mentira de que el Reino Unido subsidiaba a Europa. Da impulso también a los Chalecos Amarillos y al Frente Nacional de la familia Le Pen en Francia, a 5 Estrellas en Italia, a Vox en España, y otros partidos nacionalistas, que promueven la llamada “política identitaria” en países de Europa central, incluida Alemania. Ello, sin olvidar la presidencia de Donald Trump en Estados Unidos. Son partidos cuya retórica y desempeño recuerdan las agrupaciones fascistas, nazis y neonazis del siglo XX.

Esta realidad no se corresponde con las promesas de los noventa. De ahí el enojo de muchos, a lo que se deben agregar nuevas incógnitas: ¿qué consecuencias tendrá que China, la nueva potencia económica global, todavía imponga castigos como la prisión y el adoctrinamiento de los disidentes? ¿Qué ocurrirá con el cambio climático, para el que nunca hay fondos ni siquiera en los países más ricos, y es negado por muchos de estos movimientos identitarios de Europa y América? Es una realidad que, si se deja como está, muy pronto podría pasar de las guerras de aranceles—como la que viven EU y China—a las guerras militares, alimentadas por el nacionalismo y la xenofobia, como en los siglos XIX y XX. No en balde, las expectativas del Fondo Monetario Internacional son poco halagüeñas y empeoran si—por ejemplo— el Brexit ocurre de manera desordenada o si la guerra de aranceles ya citada, se agrava.

Analista

manuelggranados@gmail.com

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