Inclusión y confianza, lo que México necesita

Una de las cosas positivas que ha tenido la elección de este año es que, a diferencia de otros años electorales, hemos podido pasar del tiradero de lodo que suelen ser las campañas, a un cierto discurso más civilizado que, aunque genera sorpresas, como lo demuestran las reacciones al video del desayuno entre Andrés Manuel López Obrador y José Antonio Meade, también abre la posibilidad de discutir asuntos más relevantes que las trampas que los distintos partidos perpetran durante las elecciones, como lo demuestra el video que el mismo López Obrador y Javier Corral grabaron en los galerones infames de un dizque hospital de especialidades en Ciudad Juárez, que sólo existe en papel.

Se haya votado o no por López Obrador, se esté de acuerdo o no con sus propuestas o con la manera en que sus fans defienden esas propuestas en las redes sociales, lo que es un hecho es que ganó, lo hizo por un amplio margen, y el mes de julio, que por lo regular era un mes marcado por movilizaciones, gritos, sombrerazos y mutuos insultos entre los excandidatos presidenciales y sus respectivas huestes, este año, julio y los primeros días de agosto, han sido días de encuentros del, desde el miércoles de esta semana, presidente electo, con sus adversarios de las elecciones de 2012 y 2018, así como con un número interesante de enviados de distintos gobiernos, que lo felicitan y hacen propuestas.

Por ello, porque, aparentemente, hemos logrado con-jurar los demonios de las elecciones presidenciales en México, sería bueno que más allá de los proyectos que la nueva administración trata de echar a andar en estos días, algunos de ellos muy necesarios, como la estrategia de pacificación que arrancó el martes de esta semana en Ciudad Juárez, Chihuahua, se considere la información que ofrecen al menos dos de los organismos multilaterales a los que México pertenece ya desde hace varios años.

El primero es la plataforma Crecimiento Incluyente (https://www.oecd.org/inclusive-growth/#introduction) que, creada por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, ofrece información muy valiosa acerca de los retos que enfrentará el gobierno que tome posesión el primero de diciembre de este año. Ello es más importante porque mucho de lo que López Obrador propuso en campaña está en sintonía con lo que la OCDE recomienda a sus países miembros, que es más parecido a lo que uno encuentra en los países del norte de Europa (Alemania, Holanda, Noruega, Suecia, Finlandia), que lo que hemos visto en México en términos de modelo de desarrollo en los últimos 20 o 25 años, que ha exacerbado la desigualdad en México.

Una de las premisas de las que parte la OCDE para ha-blar de la necesidad de un modelo de crecimiento incluyente es el reconocimiento de que “la desigualdad nos pone en peligro” y eso es evidente para cualquiera que vea cómo es que comunidades enteras en Puebla o Guanajuato, que eran pacíficas hace 20 o 30 años, se han vuelto pequeños infiernos gracias al huachicol. No es que se deba renunciar a ideas básicas de la OCDE como hacer más eficaces a los mercados. Eso sigue siendo importante, pero es necesario hacerlo de manera que no se agudice la desigualdad y sin que se pierda, como ha ocurrido en México, la confianza entre las personas y la confianza de las personas en las instituciones.

Dice la OCDE: “grandes segmentos de la población están perdiendo la confianza en sus instituciones. Esta tendencia puede ser revertida si las autoridades demuestran los más altos estándares de integridad y eficiencia en su trabajo y promueven más transparencia y participación del público”. Hasta el momento, las cosas que López Obrador ha hecho y propuesto parecen seguir esa lógica, aunque haya designaciones difíciles de aceptar; ojalá no pierda ese impulso. El otro documento que el gobierno entrante haría bien en considerar fue publicado hace unos días por el Banco Interamericano de Desarrollo (está disponible en https://bit.ly/BID2018Mexico), y contiene propuestas muy concretas, algunas de las cuales, como en el caso de las de la OCDE, coinciden con lo que el nuevo gobierno propuso desde la campaña: menor desigualdad, mayor integración del país, menos corrupción y más transparencia. Es una pena, pero es inevitable reconocer que cuando el documento del BID titulado Políticas para el crecimiento inclusivo y el desarrollo de la economía nacional identifica a Veracruz, Sinaloa, Estado de México, Chiapas, Tlaxcala, Hidalgo, Tabasco, Nayarit, Morelos, Oaxaca y Guerrero, como “perdedores”, esa condición se debe a los malos gobiernos que han tenido como común denominador a la corrupción. Ojalá que los avances más notables se logren en ese tema y el país deje de ser ya la fábrica de políticos millonarios que es hoy.

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