Francisco y el abuso sexual
Las últimas tres semanas han sido uno de los periodos más difíciles y, al mismo tiempo, de mayores aciertos del pontificado de Francisco. No es que haya celebrado un recorrido con viajes apoteósicos, haya publicado algo novedoso o hecho algo espectacular. Es que, por primera vez desde que inició esta asfixiante era de los escándalos por los abusos sexuales, el Papa sigue un patrón que reconoce la necesidad de dejar de mentir y llegar al fondo de los problemas, y encontró en los obispos chilenos el complemento ideal para sus empeños
Los días que los obispos chilenos han estado en Roma sirvieron para que los prelados aceptaran primero que no actuaron como debían y, en un giro sin precedentes en la historia de la iglesia, los prelados andinos presentaron, todos y cada uno de ellos, la renuncia a sus cargos, lo que deja al papa Francisco en libertad para buscar una nueva ruta de solución al tema de los casos de abuso sexual, no sólo de menores, en la Iglesia.
Francisco ha desplegado así uno de los esfuerzos más novedosos para enfrentar el problema, que recuerda lo hecho por Benedicto XVI cuando se reunió con los obispos de Irlanda, aunque, con dos diferencias clave: mientras que el papa Ratzinger citó a los obispos irlandeses para señalarles las fallas que habían cometido y sugerir el camino que debían seguir, Francisco los hizo reflexionar en lo que ha ocurrido y su papel en este proceso, y han sido ellos quienes presentaron sus renuncias, además, de que a diferencia de su antecesor, Francisco ha entendido que el problema no se resuelve expulsando a las personas homosexuales del clero. Esas medidas no han resuelto el problema y sólo han convertido a la Iglesia en una institución que muchos consideran profundamente intolerante, homófoba y en muchos sentidos ciega ante las realidades de la vida.
La novedad del enfoque seguido por Francisco está también en la manera en que habló directamente con las víctimas del abuso sexual y tomó medidas a partir de lo que ellas expresaron. Esto es algo que debió haberse hecho con otras víctimas en la Iglesia católica, pero no se hizo y el resultado fue el encubrimiento de depredadores. Francisco hizo que los obispos chilenos se hicieran responsables de sus actos y, al orar y hacer un profundo examen de conciencia, han llegado a una conclusión que implica su renuncia, así como la renuncia a la idea del obispo como alguien que, por serlo, merece impunidad.
Eso es algo que los obispos de Estados Unidos hicieron por su cuenta en 2002 y que algunos otros episcopados nacionales, como el alemán o el francés, han hecho, pero que la gran mayoría de las conferencias de obispos han eludido. En algunos casos, Irlanda y Australia, entre los más notables, los cambios han sido resultado de las presiones de los sistemas de justicia civil, como ocurre ahora con los juicios que el cardenal George Pell enfrenta en Australia. Ello ha impedido que sean actos autónomos, que el alto clero de cada país pudiera hacer por respeto o verdadera preocupación por las víctimas.
En Chile se ha dado un giro de 180 grados que fue en menos de cinco meses de la defensa a ultranza de la inocencia del obispo Barros, a la renuncia en masa de 34 obispos que reconocen, de esa manera, que se equivocaron al proteger a Barros y a otros obispos vinculados a la secta pedófila que dirigió Fernando Karadima, el titular de la parroquia de El Bosque, en los setenta y ochenta del siglo pasado, en lo que era uno de los barrios residenciales más ricos de Santiago.
Este cambio radical ha sido posible gracias a los afanes del arzobispo y cardenal de Boston, el franciscano Sean O’Malley, quien luego de la última defensa de Barros por parte del Papa en Iquique, Chile, viajó hasta Perú para encontrarse y dialogar con Francisco y hacerle ver la gravedad del problema. Fue a partir de ese momento que se escribe esta historia que, lejos de repetir la negación del abuso, siguió el patrón que ahora vemos y que ojalá sirva para que ya no haya más víctimas del abuso y para que, como dijo el papa a los obispos chilenos en una carta publicada el jueves 17, la iglesia sea capaz de poner en el centro lo importante: “El servicio a su Señor en el hambriento, el preso, el migrante, en quien ha sufrido el abuso”, de modo que la iglesia pueda restablecer en su interior “la justicia y la comunión eclesial”.
En Santiago de Chile, los medios de comunicación dan cuenta de la manera en que se ha vivido este momento axial, que conmueve hasta los cimientos a la Iglesia católica y que, en un mundo ideal, debería servir para que todos los episcopados de América Latina y el mundo católico se pregunten si, efectivamente, han actuado como debían haberlo hecho en un tema tan delicado y que ha provocado tanta desazón entre las personas.
Analista
